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lunes, 7 de febrero de 2011

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO VI DE ORDINARIO. CICLO A


“Completar” o “Cumplir”…

"No penséis que yo vengo a desautorizar los libros de la Ley y a los Profetas. No vengo a desautorizarlos, sino a completarlos".

"Completar la Ley". Seguramente la traducción que nos ofrece el Misal es correcta, pero la entenderíamos mal si pensáramos que la Ley y los Profetas son incompletos, de forma que Jesús habría venido a completarlos, añadiendoles más preceptos o más exigencias.

Lo que Mateo quiere decir, con las palabras que pone en boca del mismísimo Jesús, es que la Ley (cualquier Ley) es sólo un instrumento, y no un valor en sí mismo, es por esto que no se acaba en sí misma. 

Tenemos un ejemplo de ello en las leyes que los padres imponen a sus hijos pequeños. Con sus normas, los padres no pretenden que el niño sea obediente sino que crezca y se haga adulto hasta poder decidir por sí mismo sin necesitar normas de los padres. Igualmente ocurre con las normas que el maestro o la escuela dan a sus alumnos: tienen por finalidad que los alumnos maduren, y puedan convivir en libertad fuera de la escuela.

Así, en la Biblia, la ley es entendida también como promesa. El cumplimiento de la Ley tiene por finalidad hacer llegar a una situación más allá de la Ley. Por eso quizás sería más exacto utilizar la palabra "cumplir", en vez de "completar". Jesús lleva la ley a su cumplimiento. Más aún: Él visualiza en sí mismo el cumplimiento de la Ley, ya que es el hombre adulto y libre. En él se cumplen las promesas hechas por Dios en forma de Ley.

De siervos a hijos

En el evangelio de Mateo, cuando Juan Bautista se resiste a bautizar a Jesús, éste le responde: "Accede por ahora a bautizarme. Conviene que cumplamos así todo lo que Dios quiere. "Este cumplimiento de la Ley provoca su cumplimiento: el cielo se abre y Jesús es declarado" Hijo amado "(Mateo 3,17). En el bautismo de Jesús se visualiza lo que nos dice el evangelio de hoy: el cumplimiento de la Ley.

Cumplir la Ley nos permite pasar de siervos a hijos, aunque no por la eficacia de la propia Ley, sino porque Dios ha prometido adoptarnos como hijos.

Hay que reconocer que ser hijos resulta mucho más exigente que ser simplemente siervos. Pero esto sólo es así si se mira desde el punto de vista de los siervos. Visto desde la situación de hijos, las exigencias son Vida.

Jesús, el nuevo Moisés, nos llama a pasar de siervos a hijos, y ello conlleva unos cambios importantes en la manera de relacionarnos con el Padre y con los hermanos. "Ya sabéis que los antiguos los mandaron… Pero yo os digo…". Aquí "antiguos" quiere decir todos y cada uno de nosotros antes de sentirnos hijos.

En el evangelio de hoy se repite cuatro veces esta expresión. El próximo domingo se repetirá aún dos veces más. Se señala la diferencia entre la situación de servidumbre y la situación de filiación

"No matarás". Pero yo os digo…

Entre conciudadanos, como mínimo está prohibido matar. Pero, ser hijos del Padre nos convierte en hermanos, y entre hermanos el mínimo es no insultarse. El lenguaje está sacado del ámbito de las "leyes para la convivencia", pero el contenido nos habla de la vivencia de la hermandad.

"No cometerás adulterio". Pero yo os digo…

Las relaciones hombre-mujer a menudo se han regulado con criterios de posesión o de "propiedad privada". Esto ha dado lugar a abusos tan malos que las diferentes culturas han tenido que crear normas para limitar de alguna manera: contratos, certificados, expedientes, dotes, inscripciones, anillos,… En la Ley de Moisés (y en muchas otras) el adulterio está prohibido porque va contra la propiedad privada. Normalmente es la mujer la que es considerada propiedad del hombre. El adúltero obra mal porque "roba la mujer" a su propietario. La adúltera es condenada porque, dándose a otro, va contra la propiedad exclusiva que el marido tiene sobre ella.

Ser hijos de Dios y, consecuentemente hermanos, conlleva una forma de relación hombre-mujer dentro de un ámbito privilegiado de comunión. "Ya no son dos, sino una sola carne" (Mateo 19,16). Queda excluido cualquier sentimiento de propiedad privada entre ellos, sea cual sea el nombre que se le dé.

La comunión mutuamente nos hace personas, y personas libres, respetadas, independientes, nobles. En cambio, la posesión nos hace cosas, objetos, instrumentos… La "Ley" nace de la necesidad de frenar los abusos del deseo de poseer al otro. Este deseo es especialmente grave en la relación hombre-mujer por la proximidad entre ellos y por los vínculos naturales que los unen, aparte de los vínculos creados por la sociedad.

Notemos que el "deseo de posesión" o el "sentimiento de propiedad" también puede ser especialmente grave, por los mismos motivos, en relación a los hijos pequeños o los ancianos.

Nadie es propiedad de nadie. La propiedad sobre las personas es deshumanizadora, aunque sea aceptada por la persona "poseída".

Si alguien se divorcia…

El sentimiento de posesión o de propiedad puede tomar forma de contrato. Y los contratos se hacen y se deshacen.

Jesús nos lleva más allá de esta casuística. No acepta como válido ningún nivel de posesión, se llame como se llame. Todo lo que incluya "posesión", en las relaciones humanas es "porneia". Esta es la palabra griega que utiliza el evangelio, y no hay que buscarle significados técnicos o jurídicos especiales. En este caso quiere decir unión "deshumanizadora".

Los humanos estamos diseñados para realizarnos con relaciones mutuas de comunión. Esto es anterior a cualquier "Ley", incluidas las leyes religiosas o "cristianas" (Mateo 19,8). Toda relación posesiva (se llame como se llame) rompe la comunión interpersonal, es inhumana y no debe mantenerse.

"No rompas los juramentos". Pero yo os digo…

En nuestro afán posesivo, podemos caer en la pretensión de hacernos "nuestro" incluso el nombre de Dios, y utilizarlo como garante de nuestras afirmaciones. El juramento es un intento de utilizar a Dios. No es aceptable. "Decid sencillamente sí cuando es sí, y no cuando es no. Todo lo que decís de más, viene del Maligno ".

MENSAJE

Varios son los mensajes del largo evangelio de hoy. Quizás se podrían resumir así: La ley es para ayudarnos a llegar a la plenitud, donde la vida se hace comunión. En la comunión, la comunicación es normal y espontánea: sí, cuando es sí, no, cuando es no. Incluso el culto está sometido a esta exigencia. "A punto de presentar la ofrenda, si allí te acuerdas que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda, y vete primero a reconciliarte con él".

RESPUESTA

En una familia pueden haber padres, niños, adolescentes, ancianos… Las vidas de cada uno son muy diferentes entre ellas, pero entre todos crean un espacio donde los pequeños pueden crecer, los adolescentes pueden afianzarse, los padres pueden darse, los abuelos pueden destilar en dulzura,…

Parece que así debería ser también la Iglesia, con pequeños que necesitan leyes, con adultos que ya las hayan superado en muchos aspectos, con ancianos que exhalan el perfume de la libertad,…

Desde este punto de vista, es urgente un cambio: no entender la Iglesia en función de los sacerdotes o los religiosos sino en función de la vida de las comunidades y de su gran variedad. Las comunidades concretas, grandes o pequeñas, simples o complejas, deben poder ser ámbitos de vida, y no principalmente ámbitos de prácticas religiosas. En nuestra sociedad laica se han casi extinguido las vocaciones a ser sacerdote, en cambio, son muchísimas y variadísimas las vocaciones a servir a la vida. Esto puede facilitar las reformas necesarias y urgentes en nuestra Iglesia, si lo sabemos aprovechar.

PREGUNTAS para el diálogo

Estas preguntas no pretenden hacer descubrir la respuesta "correcta" sino simplemente provocar un diálogo que ayude cada participante a ir construyendo su respuesta. Pueden haber varias respuestas correctas.
  1. Repasando el proceso de tu fe, ¿puedes decir que ya has pasado de siervo a hijo? ¿Te parece más difícil ser hijo que ser siervo? ¿Preferirías volver atrás?
  2. En tus relaciones más próximas (pareja, familia, trabajo, parroquia…), ¿Que tiene más fuerza: las leyes o la comunión?

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)
Extraído de: