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miércoles, 20 de abril de 2011

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO DE RESURRECCIÓN. Ciclo A.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN.
Por Cerezo Barredo
http://servicioskoinonia.org/cerezo/
PROYECTO DE HOMILÍA. 

Nota.
Puede ver también otros comentarios a los APUNTES correspondientes del Año B y del Año C .
Como todo el Evangelio de Juan, también el relato de la experiencia del Crucificado–viviente tiene dos niveles de lenguaje: uno superficial, sorprendente e increíble, tan absurdo que mueve al lector a buscar y descubrir otro nivel profundo que, cuando se descubre, resulta extraordinariamente humanizador. Es un lenguaje esencialmente simbólico.
El lenguaje simbólico es entendido de forma distinta para cada persona que lo recibe, ya que cada persona debe completarlo desde su propia experiencia. Es, por tanto, un lenguaje también subjetivo.
¿Cómo es el lenguaje subjetivo?
Imaginemos un enchufe cualquiera de nuestra casa: si conectamos una bombilla, hace luz; si conectamos un ventilador, hace aire; si conectamos una nevera, hace frío; si conectamos una estufa, hace calor … La electricidad es siempre la misma, pero sus efectos dependen del aparato que conectamos.
Así también, el mensaje de la resurrección tiene efectos diferentes según el sujeto que lo recibe. Es una buena noticia, pero puede entenderse también como un absurdo, un engaño, un problema …; incluso puede ser visto como una noticia peligrosa, ¡que hay que prohibir severamente!
A partir de la muerte de Jesús, los diferentes evangelistas continúan el relato de formas muy diversas. Cada evangelista se expresa con el lenguaje de su entorno y según las vivencias de su Comunidad. Con estos relatos no nos quieren decir aquello que pasó materialmente con el cadáver de Jesús. Esto ya lo podemos imaginar desde la experiencia del día a día. Lo que pretenden los diferentes relatos evangélicos es hacernos descubrir y celebrar la realidad más profunda de la vida humana: que la vida–entregada no se pierde sino que "se enchufa" en la VIDA misma de Dios.
… El pañuelo estaba atado al "lugar" …
En el relato de hoy hay un "detalle" extraño. Se dice que la sábana de amortajar estaba aplanada; es decir: no había ningún cadáver debajo. En cambio el pañuelo que ataba la cabeza no estaba aplanado sino que continuaba lleno, atando un "lugar" (Nótese que la traducción que nos ofrece el Misal es bastante deficiente en este punto cuando habla del "mismo" lugar. "Mismo" es un añadido).
¿Qué "lugar"?
Según algunos comentaristas (Evangelio de Juan, de J. Mateos y J. Barreto. Pag. 848), "lugar" era una palabra usual entre los judíos para designar el templo de Jerusalén. De modo que el significado de este "detalle" sería que el sudario mortuorio con el que se había pretendido atar la "cabeza" de Jesús, ahora ataba el templo. Es decir: la resurrección de Jesús muestra que lo que está muerto de verdad es la "cabeza" de la institución que le condenó: el templo. Los grandes sacerdotes, condenando a muerte al Hombre, han provocado la muerte de su propia institución.
"… Debía resucitar de entre los muertos".
"Hasta ese momento no habían entendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos". Ahora, el discípulo amado ya lo ha entendido; Pedro aún no.
No hay resurrección sin pasar por la experiencia de la muerte. Esto no debe entenderse como un inconveniente. Si "resurrección" es "vida plenamente entregada", no es ningún inconveniente alcanzar esa plenitud. Lo descubrimos en la vida de cada día: disfrutamos de la vida sobretodo cuando la entregamos (cuando actuamos por amor). "Quien busca su vida, la pierde". Lo dice el Evangelio, pero es también una experiencia común. La vida se vive entregándola, y sólo desde una "vida que se entrega" ("que va muriendo") es posible tener la experiencia de una vida plena (Resurrección).
El simbolismo del "sepulcro vacío" no nos debe hacer creer como si el cuerpo físico de Jesús "recuperara" la vida que había entregado. La resurrección no es lo contrario de la muerte, como la muerte no es lo contrario de la vida. Para nosotros, el cuerpo físico es la muestra de una "vida obtenida"; pero, cuando se trata de una "vida entregada", sólo la comunidad de los que la "reciben" puede servirle de "cuerpo".
Por la comunión, todos los humanos formamos una única gran comunidad que incluye también, evidentemente, a todos aquellos que nos han precedido, y de los que hemos recibido la vida que tenemos. Ellos ya son "vida entregada". La resurrección de Jesús no tiene un significado puramente individual sino también y sobretodo representativo: representa la vida entregada de todos los que nos han precedido. Así Jesús se convierte en "el hijo del Hombre", cabeza de la vieja y de la nueva Humanidad. Como hijo del Hombre, él acoge el amor creador de Dios, y, respondiendo filialmente, lleva toda la Vida Humana en la Plenitud.
MENSAJE. 
"Yo no creo en la resurrección de la carne", nos dijo una vez una buena compañera que suele participar en la misa. Ella daba por supuesto que, diciendo esto, estaba negando una de las creencias más comunes de la Doctrina cristiana. Pero otra compañera le contestó: "Eso que tú no crees, los demás tampoco lo creemos".
La expresión "Resurrección de la carne" se ha convertido en poco adecuada para expresar aquello que los Evangelios nos quieren decir cuando hablan de la resurrección. En realidad, ningún lenguaje no es del todo adecuado. Pero, hablando de ello, podemos ayudar a encontrar palabras y expresiones que nos lleven a entenderlo cada día un poco mejor. Vamos comprendiendo la VIDA en la medida en que vivimos y crecemos. Y este crecimiento en la comprensión nos va cambiando también el lenguaje. El lenguaje es fundamental, pero hay que ir renovando al ritmo de nuestro crecimiento personal y de la evolución de la Sociedad.
RESPUESTA. 
"Mujer, ¿por qué lloras?", Pregunta Jesús a María Magdalena.
Hay mucho llanto en la Humanidad. Y son muchos los intentos por apaciguar ese llanto. Como discípulos de Jesús, nuestra forma de ayudar a apaciguar tanto llanto es vivir y anunciar a todos aquello mismo que tanto "consoló" a María Magdalena: "He visto al Señor". Es como si dijera: "He descubierto que la vida humana tiene horizonte de plenitud, y vale la pena dedicarse a su realización. Todo el mundo está invitado, y el éxito está asegurado por el propio Dios".
Nuestra Iglesia, con sus dos mil años de historia, ha ido acumulando mucha costra: artes, lenguajes, ritos, dogmas, papeles, fiestas, templos, vestiduras, … Muchas cosas que quizá podrían servir para hacer un buen museo, pero que hoy a menudo son obstáculo para sacar adelante el "trabajo" que se nos ha encomendado.
“¡Lázaro, sal fuera!", gritó Jesús a su amigo. “¡Iglesia, sal fuera!", Gritan una infinidad de personas en la actualidad. Hay mucha más fe de la podría parecer; una fe que pide crecer, hacerse adulta, liberada y liberadora.
Quizá no hay que perder tiempo desmontando viejas carcasas. Los apóstoles, una vez convertidos, no se dedicaron a reformar el templo. "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios", había dicho Jesús a uno a quién había invitado a seguirle (Lucas 9,60).
PREGUNTAS para el diálogo. 
  1. Seguramente sin pretenderlo, los medios de comunicación están consiguiendo poner de moda la muerte. Si creéis en la vida, ¿habéis pensado en reaccionar de alguna manera? ¿De cual?
  2. El mensaje de la resurrección puede ayudarnos a entender esta crisis de la que tanto se habla, y dar respuestas válidas? ¿Cuáles podrían ser, según vosotros, estas respuestas válidas? ¿O quizás no tiene nada que ver una cosa con la otra?
Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)