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lunes, 2 de mayo de 2011

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO III DE PASQUA. CICLO A.

DOMINGO III DE PASCUA.
Por Cerezo Barredo
http://servicioskoinonia.org/cerezo/
PROYECTO DE HOMILÍA.


La manera en que el Crucificado es experimentado como viviente por las Comunidades cristianas es presentada diferentemente en cada uno de los cuatro Evangelios. Hoy hemos leído este precioso relato, exclusivo de Lucas, los Discípulos de Emaús. Se trata de una pequeña perla literaria: con un lenguaje ágil, tocado de fina ironía, el evangelista consigue transmitirnos un mensaje extraordinariamente positivo, pero también turbador por el cambio de perspectiva que conlleva.
Es posible que, leído dos mil años después de su redacción, se nos escape el significado de algún "detalle". Por ejemplo: seguro que los nombres de "Emaús" o de "Cleofás" tienen algún significado que nosotros no acabamos de percibir; igualmente, el número exacto ("11 kilómetros"; literalmente "60 estadios") para expresar una distancia aproximada de Jerusalén.
Con todo, parece claro que el conjunto de estos detalles quiere presentarnos la situación de unos miembros de la comunidad cristiana (lo indicaría la expresión "dos discípulos"), de origen judío (hablan de las autoridades de “nuestro" pueblo), tan decepcionados por todo lo que ha ocurrido, que han decidido abandonar el judaísmo y también el cristianismo; pero no del todo. Se sienten tan frustrados que se van de Jerusalén, su ciudad de referencia, hacia Emaús, lugar asociado al recuerdo de viejas victorias (Primer libro de los Macabeos 3, 40 ss).
Sus ojos no le podían reconocer …
Su encuentro con Jesús se expresada con un lenguaje finamente irónico para acentuar el contraste entre la situación anímica de los dos discípulos y la realidad que de hecho están viviendo. De los dos discípulos sólo se dice el nombre de uno, Cleofás, el único que habla con Jesús. Es una forma sutil y delicada de sugerirnos que el otro discípulo podría ser cada uno de nosotros. Lo que dice Cleofás sobre Jesús es lo mismo que también sabe y podría decir cada uno de nosotros, y que antes hemos podido leer en el mismo Evangelio de Lucas. La perplejidad de los dos discípulos es nuestra perplejidad ante la realidad de la muerte del Hombre. El evangelio de Juan que leíamos el domingo pasado nos sugería también esta conexión sirviéndose de la figura de "Tomás", el "gemelo" de cada uno de nosotros.
Se nos dice que los ojos de estos discípulos estaban impedidos de reconocer a Jesús. Sus ojos ven sólo un forastero. Resulta sorprendente que aquellos discípulos no reconozcan a Jesús. ¿Qué les pasa? Lo explica el propio Cleofás: "Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel". Jesús liberó realmente a Israel, pero de una forma muy diferente a como ellos esperaban. Ellos habían "visto" a Jesús como un "profeta poderoso ante Dios y el pueblo". Por ello, sólo eran capaces de reconocer a Jesús como "mesías vencedor". En cambio, le han visto, ¡condenado a muerte y crucificado! Por tanto, nada de vencedor ni de libertador.
Debido a sus ideas preconcebidas, cuando se encuentran con el Crucificado–viviente, no ven nada más que a un forastero.
¡Y tan forastero! Él es el único que "no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén", si lo comparamos con la forma equivocada de verlo los de los discípulos y de todos los demás. Jesús se les hace el encontradizo precisamente para ayudarles a descubrir lo que realmente ha ocurrido.
Se les abrieron los ojos …
El encuentro con Jesús queda enmarcado por la situación de los ojos de los dos discípulos (y nuestra). Durante el camino, el forastero ha ido haciendo ver que había que ampliar horizontes: ellos han hablado de sus esperanzas en relación con su pueblo; el forastero les propone mirar hacia la Humanidad. Ellos han hablado de lo que había sucedido en Jerusalén "estos días"; el forastero les sitúa ante "toda la Historia humana". Comenzando por los libros de Moisés y siguiendo los de todos los profetas, les explicó todos los lugares de las Escrituras que se referían a él (al Hombre).
Jesús es realmente liberador, y no sólo de su pueblo sino de toda la vida humana. Nos libera haciéndonos descubrir que la vida humana no es dominio (generador de tanta esclavitud) sino servicio de comunión; mostrando que la vida no es para imponerse sino para entregarse. Era lo que les había enseñado haciendo de su propio cuerpo un alimento para los demás. Ahora lo ha repetido ante ellos. "En ese momento se les abrieron los ojos y le reconocieron".
… pero él desapareció.
El gesto de partir y compartir el pan ha hecho que le reconozcan. A pesar de ello, no le pueden ver. ¿Cómo es esto? ¿Es que Jesús juega al escondite con ellos? ¿Cómo puede ser que sus ojos le reconozcan, pero no le puedan ver?
Con este detalle sorprendente, Lucas nos quiere decir algo realmente importante y nuevo: A Jesús sólo le podemos ver hecho comunidad. Su vida es entregada de verdad. La vida entregada sólo es realmente visible en la comunidad de los que la han recibido, de una manera parecida a como la humedad (agua) de la tierra se nos hace visible en el verdor de los campos.
Los dos discípulos, para poder "ver" a Jesús, tendrán que volver a Jerusalén y reencontrarse con los demás discípulos reunidos (como también tuvo que hacer Tomás, según el relato del Evangelio de Juan leído el pasado domingo). Sólo la comunidad puede hacer "cuerpo visible" de una vida entregada.
… tenía que sufrir …
Les dice el forastero: “¿No tenía que sufrir todo esto el Mesías antes de entrar en su gloria?" Estas palabras, sacadas de su contexto, podrían ser entendidas muy erróneamente.
Si el Mesías debía sufrir antes de entrar en su Reino, ¿no será que Dios es un sádico que se complace en el sufrimiento, y lo exige? ¿O es que el sufrimiento es algo bueno? ¿Es indispensable sufrir para ir al cielo?
Hay que responder estas preguntas con una negativa total y rotunda.
El Hombre ha sido creado para ser feliz, llamado a participar en la felicidad misma de Dios. Por el contrario, todo sufrimiento manifiesta una situación inhumana contra la que hay que luchar.
¿Cómo luchar contra el sufrimiento?
Pueden ser muchas y muy variadas las causas del sufrimiento, y contra cada una de ellas habrá que luchar adecuadamente. Aquí se habló del sufrimiento que proviene de la violencia humana.
¡He aquí uno de los grandes misterios del ser humano! ¡Es incomprensible que existan humanos que quieran torturar a otros, y lo encuentren legítimo, útil o excusable!
Nacemos pequeños, débiles e inseguros, con el mínimo indispensable para poder convertirnos en verdaderos autores de nuestra propia vida. Pero cuando no somos lo suficientemente generosos o suficientemente valientes para convertirnos en humanos, podemos sentir la tentación de compensar o disimular nuestra debilidad intentando deshumanizar a los demás. Es absurdo e incomprensible; pero es real. La violencia es la manifestación solapada de la incapacidad de aceptar la propia debilidad.
La primera forma de luchar contra la violencia es no responder con más violencia. Esto, al parecer, contradice las tendencias más primarias de los humanos, es precisamente la única manera de romper la espiral de la violencia. Y es indispensable hacerlo para poder crear y entrar en el nuevo Reino.
Jesús, el Hombre, no sufre "porque se deba sufrir". Sufre por culpa de los atormentadores. Y lo que Dios nos pide, y que Jesús cumplió ejemplarmente, es mantenerse fiel al Hombre, aunque ello conlleve tener que soportar la violencia de los inhumanos.
MENSAJE
"Tomó el pan … y se lo dio … En ese momento se les abrieron los ojos … ". Aquel que hasta entonces había sido para los dos discípulos un forastero, de repente es reconocido como lo que era realmente: Jesús; el Hombre.
Todo ello fue consecuencia de haber acogido a un forastero. Por ello, este relato también se podría escribir de esta otra manera: Quien vive compartiendo su vida (su "pan") hace posible que los ojos humanos se abran. Entonces, con sorpresa pero también con gran alegría, descubriremos que son infinitos los "forasteros" que parten y comparten su pan, y que nuestro mundo se va humanizando precisamente gracias a ellos.
RESPUESTA
Todo el mundo nos resulta "forastero" mientras nos mantenemos encerrados dentro de nuestra cáscara protectora. Como ocurrió a los dos discípulos, quizás también nosotros, decepcionados de nuestro mundo y de nuestras autoridades, nos vamos de nuestra "Jerusalén" particular. Hermanos y amigos pueden convertírsenos en extranjeros. Pero siempre nos queda la posibilidad de decirles: "Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día va de caída". La noche que se avecina es nuestra noche, que sólo él, el forastero de turno, nos podrá iluminar.
Si esto es así, podemos hacernos una pregunta: ¿Es posible ser a la vez discípulo de Jesús y ciudadano normal de esta nuestra sociedad de propiedades privadas y de recelos crecientes?
En todo caso debo confesar que, a la vista de estos dos discípulos, noto que me falta todavía mucho recorrido en el camino de Emaús. Y es una suerte poder hacerlo acompañado, aunque sea de algún forastero.
PREGUNTAS para el diálogo
  1. Cleofás (que significa "hijo de padre glorioso") es uno de los dos discípulos. ¿Os imagináis a vosotros mismos como si fuerais el otro discípulo? ¿Qué habríais dicho? ¿Qué habríais hecho?
  2. Jesús se presenta en forma de desconocido. ¿Os sugiere algún comentario especial, este hecho?
  3. ¿El sufrimiento hace que una acción buena sea más meritoria? ¿Meritoria, ante quién?
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)