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lunes, 13 de junio de 2011

Santísima Trinidad - "¿Condenados?"¿Por qué?

"Los que no creen, ya han sido condenados, por no haber creído en el nombre del Hijo único de Dios"

Un viejo compañero, pidiéndome previamente perdón por su sinceridad, me dijo: Vosotros, los que os dedicáis a la Religión, sois como los vendedores a domicilio: primero te quieren convencer de que necesitas algo, y luego te dicen que precisamente ellos te lo pueden ofrecer. Igualmente vosotros: primero nos convencéis de que estamos condenados o perdidos, y luego nos ofrecéis la salvación. 

La acusación de mi compañero me impactó. Quizá no tenía toda la razón, pero… Y cuanto más lo pienso, más dudas me vienen. 

"¿Condenados?"¿Por qué?

¡Una vez más nos falla el lenguaje!

Esta ineptitud tan frecuente de nuestro lenguaje viene, entre otros motivos, de la misma "trampa" que yo he hecho aquí: tomar aisladamente una frase del Evangelio, sacada de contexto. Es una trampa y un error que la Liturgia hace posible cada domingo, fraccionando de tal manera el mensaje de los Evangelios, que se les puede hacer decir lo contrario de lo que quieren decir. 

Las palabras del Evangelio de hoy que he citado al comienzo forman parte del largo diálogo de Jesús con Nicodemo, y no se pueden interpretar separadas de su contexto. Más aún: el diálogo de Jesús con Nicodemo tampoco se puede interpretar aisladamente del resto del Evangelio de Juan. 

Está claro que no podemos leer el Evangelio cada vez que queremos citar unas palabras, pero las consecuencias de tanta fragmentación y tan desordenada son nefastas. 

Este problema nos muestra otro también grave: la disfunción de nuestra Liturgia actual. 

Un encuentro litúrgico no puede convertirse en una clase de comentario de textos antiguos. Es una celebración. 

Es cierto: las celebraciones se basan en textos, ritos, lugares, tiempo, acciones, gestos, posiciones… pero siempre pensando que los participantes ya conocen y sintonizan con el mensaje total que se celebra. Y, ¡aquí es donde nos falla la cosa!

Hemos estado muchos siglos con celebraciones fuertemente ritualizadas y con una gran ignorancia del mensaje celebrado. Y ahora que sentimos la necesidad de superar esta ignorancia, la Liturgia nos ofrece el mensaje a trocitos desordenados. 

Hace tiempo que el lenguaje litúrgico había dejado de ser significativo. Este lenguaje nos viene, por inercia, de cuando estábamos en la llamada situación de Cristiandad. En aquella situación, lo importante era la práctica, no la celebración. De hecho, había un único "celebrando": el sacerdote. Todos los demás estaban pasivos, simples espectadores. Incluso a menudo podían dedicarse a otras cosas para no perder el tiempo. Se trataba de una ceremonia de carácter ritual, hecha por personas sagradas. No había que entender nada: era suficiente la presencia. La ignorancia absoluta de su significado no era ningún problema: quedaba suplida por la situación global.  

En la nueva situación, laica y plural, este lenguaje de las celebraciones se ha vuelto sospechoso de vehicular sentimientos y actitudes alienantes y esotéricas, sobre todo visto desde fuera. Aquí hay una novedad importante: nuestras celebraciones son también vistas "desde fuera". En la situación de Cristiandad, propiamente no había un "fuera". Todo quedaba en casa, entendido o no entendido. Pero ahora hay un "fuera". Los mismos participantes en las celebraciones religiosas, en muchos aspectos de su vida, pertenecen a este "fuera". Si, encima, no las entienden y sólo tienen un papel puramente pasivo, acabarán lógicamente "quedándose fuera". 

Quizás, más que lamentar que haya tantos cristianos que no van a misa, deberíamos alegrarnos por la libertad que muestran renunciando a unas celebraciones en las que no "celebran" nada. 

Es cierto que, en situaciones especiales, cuando hay algo concreto a celebrar, las celebraciones aunque suelen resultar exitosas. El problema está en las celebraciones normales. 

Es urgente encontrar un nuevo lenguaje para esta nueva situación. Y la primera cosa necesaria es no anclarnos ni en el lenguaje antiguo ni en la antigua situación. 

Hoy, entre nosotros, la Iglesia hace grandes esfuerzos para inculturar a la gente, y sobre todo a los niños y jóvenes, en el lenguaje religioso. Seguramente es un desacierto. 

No somos enviados a hacer Cristianismo sino a hacer Humanidad. 

No hemos recibido la misión de propagar el lenguaje religioso sino de anunciar a todos que la vida humana tiene horizontes abiertos. 

Por eso necesitamos un lenguaje capaz de "dibujar" el Rostro de "Jesús", es decir: de la humanidad futura. Un Rostro hermoso, sereno, amable, posible. Pero me temo que, en muchas de nuestras celebraciones, no se puede ver este Rostro Amable, precisamente porque la misma Liturgia nos lo presenta sólo en pequeños trocitos, uno tras otro. Es como si alguien pretendiera mostrarnos la belleza de una cara a partir de los fragmentos de una fotografía que nos va enseñando separadamente. 

¿Solución?

Cada persona y cada grupo, en la medida en que se haga consciente de este problema, debe buscar su forma de solucionarlo. Una cosa parece clara: sea cual sea la solución ensayada, los participantes deben empezar por considerarse como personas adultas, libres, responsables, activas, capaces de crear lenguaje, de organizarse, de madurar desde la propia vida… y decididas a superar de una vez por todas la concepción clerical de la Liturgia. La Liturgia no es obra de "ministros sagrados" sino de la Comunidad celebrante. 

De rebote, esto conlleva repensar muy sinceramente la llamada catequesis de niños. En una sociedad como la nuestra, ¿cómo debe ser la catequesis infantil para que no se convierta en una "vacuna" contra una futura apertura al mensaje evangélico?

En una sociedad religiosamente plural, ¿cómo se debe enseñar el mensaje para que no sea entendido sectariamente?

¿La "inculturación", tan necesaria en la actualidad, consiste en adoctrinar a la gente para "entren" en nuestro lenguaje religioso, o debería ser todo lo contrario: encontrar la manera de expresar el mensaje en el lenguaje de la gente?



Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)
Extraído de: