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lunes, 18 de julio de 2011

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO XVII DE ORDINARIO. CICLO A.



DOMINGO XVII DE ORDINARIO. CICLO A.
Por Cerezo Barredo
http://servicioskoinonia.org/cerezo/
PROYECTO DE HOMILÍA.

Se suele decir que, lamentablemente, los principales placeres de la vida o son caros o son pecado …
Quizá.
También hay personas que dicen que, aunque no existiera Dios, sólo por las ventajas que nos da la fe, ya valdría la pena creer.
Seguramente, también tienen razón.
En todo caso, dos de las tres parábolas del evangelio de hoy sintonizan con estos segundos.
El Reino de los cielos es una suerte, como lo es encontrarse un tesoro escondido en un campo, lo suficientemente grande, el tesoro, como para vender todas nuestras posesiones y comprar el campo. O como es también una suerte para el buscador de perlas encontrar una tan valiosa que, para adquirirla, esté dispuesto a vendérselo todo.
¿Cómo es que para unos formar parte del Reino les parezca difícil y complicado, cuando para otros es como haberles tocado la lotería?
No lo sé. ¡Misterios del alma humana!
Para unos, la palabra de Dios (la semilla del Reino) se hace ley, y la ley es molesta. En cambio, para otros, se hace Evangelio (= buena noticia): haber encontrado el mejor tesoro o la mejor perla, ya en esta vida.
Esto tiene que ver con la actitud más profunda del corazón humano. Un corazón calculador no ve claro eso de vendérselo todo para comprar el campo o adquirir la perla. En cambio, un corazón generoso no duda ni un momento, porque el tesoro no es para tenerlo sino para compartirlo; y la perla no es para hacer crecer la propia colección sino para regalarla.
Quizá por ello, a las dos primeras parábolas del evangelio de hoy sigue una tercera, que es como un toque de atención: el reino de los cielos es semejante a una red de pescar donde se recoge de todo, bueno y malo. Al final, habrá que hacer la selección (como ya se dijo en la parábola de la cizaña, leída el pasado domingo).
Todo este capítulo de las parábolas del Reino se encuentra entre dos relatos que le sirven de marco, y nos permiten a nosotros situarlas mejor (Mateo 12, 46–49 y 13,53–58). Estos dos relatos–marco nos hablan, el primero, de "la madre de Jesús y sus hermanos", y el segundo, nos habla directamente de "su pueblo".
Las lecturas dominicales no recogen estos relatos, pero eso no quiere decir que no sean muy significativos. El "pueblo" al que pertenece Jesús, representado al principio por "su madre y hermanos", ha sido hasta ahora el campo con un tesoro escondido. Pero este tesoro no es para mantenerlo oculto; no es para pertenecer a una finca particular. Este tesoro es un don de Dios para toda la Humanidad, dado en custodia al pueblo elegido hasta el momento oportuno.
Pero el pueblo elegido no estaba dispuesto a compartirlo.
El Evangelio nos dice claramente que Jesús "choca" de frente con su pueblo por esta cuestión. De alguna manera, él compra el campo para compartir, con todo el mundo, el tesoro que había allí escondido: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, señalando con la mano a sus discípulos, dijo: estos son mi madre y mis hermanos. El que hace la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre (Mateo 12,49). También: Un profeta sólo es menospreciado en su pueblo y en su casa. Y no hizo allí muchos milagros, porque ellos no tenían fe (Mateo 13,58).
Jesús, y cada discípulo, es como un nuevo maestro de la Ley que saca de su cofre joyas modernas y antiguas. El "tesoro" destinado a todos.
MENSAJE
El reino de Dios es como encontrar un tesoro.
Pertenecer al Reino de los cielos es gratificante. Si no es así, quiere decir que algo falla … Quizá nuestro corazón no es suficientemente generoso y busca perlas para poseerlas en exclusiva o para hacer negocio.
Pero, sólo tenemos realmente lo que damos.
Sólo disfrutamos de lo que compartimos.
El tesoro del Reino no es para enterrarlo en un campo y que quede perdido, como tan a menudo debía pasar antes de la generalización de los bancos.
RESPUESTA
Hoy en día ya no hay "tesoros escondidos y perdidos". Hoy todas las riquezas están bien controladas. O, ¿tal vez no? ¿Quizás las mejores riquezas quedan siempre fuera control?
¡Hay tantas clases de riquezas!
Las comunidades cristianas de hoy están formadas sobretodo de personas maduras, con largos años de fidelidad, con una vida de generosidad a toda prueba. ¿No habrá aquí inmensos tesoros de sabiduría humana y cristiana, perdidos porque estamos acostumbrados a no utilizarlos?
Debido al clericalismo de nuestras comunidades, ¿cuántos "tesoros" han pasado a ser valores perdidos? ¿Cuántas "perlas" han dejado de brillar?
Con el clericalismo, el reino se ha convertido en una religión moralista y ritualista, y se ha perdido como tesoro.
Es cierto: descubrir el tesoro escondido y la perla más valiosa no depende sólo de nosotros. Es un don de Dios. Sin embargo, también depende de nosotros. Para ello necesitamos ser buscadores; estar atentos, tener oídos para oír y ojos para ver.
Es conveniente optar por una actitud activa en la investigación y en el conocimiento; ejercer nuestra capacidad personal de valorar tesoros y perlas, y no dejar que esto sea exclusivo de sacerdotes o de directores espirituales.
Preocupados por encontrar "vocaciones clericales", dejamos perder una gran cantidad de tesoros escondidos en las comunidades cristianas y en tantas y tantas otras personas.
En las comunidades, el cura no suple la valoración que puede hacer cada persona sobre la calidad de los tesoros. Todos somos "buscadores" y todos estamos a la expectativa … Y con la seguridad de que "quien busca, encuentra" (Mateo 7,8).
PREGUNTAS para el diálogo
  1. Comentad si ser "miembros de la Iglesia”, ¿es como si hubierais encontrado un tesoro o es una obligación que pesa?
  2. ¿Cómo "gestionamos" nuestro tesoro, tanto a nivel personal como a nivel comunitario?
  3. ¿Qué cambios proponéis en la Iglesia para que el tesoro del Evangelio quede cada vez menos escondido en las comunidades cristianas y pueda alegrar a todo el que se ha hecho "buscador", sea de la religión que sea?

Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)