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viernes, 5 de agosto de 2011

EL MISTERIO DE LA TRINIDAD

según 
Luis-Claude de Saint-Martin 

[...] Lo que distingue esencialmente el dogma del cristianismo de los de las otras religiones, es la manera de concebir a Dios en tres personas, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Ya se corrompió este primer dogma haciéndolo un misterio incomprensible, al incluirlo en la primera lección que se da a los catecúmenos, como si fuese la primera puerta para entrar en el cristianismo y sin la cual no pudieran comprenderlo. El Cristo no quiso hacer de este dogma un misterio; al contrario, dijo: instruirlos y bautizarlos, en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo.
El Bautismo, desde su principio, se llamaba Iluminación; así debía ser una instrucción luminosa, especialmente sobre la Trinidad, ya que no se ilumina un misterio y no se hace entrar en una religión ocultando el punto esencial que lo constituye.
Antes del cristianismo, se aceptaba un único Dios bajo la denominación de poder. Los cristianos le daban el mismo nombre añadiendo la palabra: Padre o Creador, y teniendo un Poder creativo que llamaban Dios, el Padre Todopoderoso.
Un Poder único e infinito en la inmensidad de la nada increada. Todo objeto susceptible de ser creado no existe en ella más que en potencia. Para que ella se determine a crear, es necesario que emane de ella como una voluntad o un amor que le incite a dar la existencia a una cosa antes que a otra, y es esa voluntad, ese amor, este verbo, esa palabra prohibida, por la que los cristianos nombran a Dios el Hijo o la segunda persona de la Trinidad, distinta de la primera, aunque haciendo unidad con ella, ya que se sabe que el poder no es más que la voluntad y que la una no puede operar sin la otra; así las dos, aunque diferentemente personificadas, no son mas que un único ser.
El poder y la voluntad reunidos pueden crear un mundo compuesto de una multitud de objetos que podrían formar un caos, un desorden, una destrucción de los unos por los otros, una cacofonía, etc. Es necesario, para que una creación responda al objetivo del creador, que emane de Él, por su voluntad o por su amor, un espíritu de sabiduría, orden, armonía, etc., que establezca el acuerdo entre los objetos creados, y eso es lo que los cristianos denominan el Espíritu Santo, una palabra Santo, que quiere decir regular, leal, y de la palabra espíritu, que significa objetivo, final, etc.
Dios se personifica en los cristianos por el poder, el amor y la sabiduría.
La Trinidad así establecida es indestructible por el razonamiento, ya que el que quisiera negar su existencia lo demostraría por el hecho mismo de su negación. La negaría porque tendría el poder de negar y tendría la voluntad, y al negar emplearía todo lo que tendría de sabiduría lógica para convencer, así habría actuado por la potencia, la voluntad y la sabiduría, lo que es Trinidad, con la cual realiza todas sus acciones, como imagen y semejanza de Dios.
La segunda persona de la Trinidad es el espíritu de amor, que los cristianos llaman el Cristo por el que todo fue hecho y sin el cual nada de lo que existe se habría hecho. Dicen que para comunicarse a los hombres, se personificó en la humanidad, a fin de parar la acción del pecado original y de ponernos de nuevo en nuestro primer estado de conjunción con la todopoderosa divinidad, de la cual estamos separados.
Para probar el efecto de esta conjunción del hombre por la religión del amor, el Cristo realizó sus milagros y dio poder a los que le siguieran de hacerlos similares e incluso mayores. Él quiso que se reconociese a sus verdaderos Ministros por los Prodigios que realizasen en su nombre y por el amor de los unos para con los otros.
He aquí toda la religión cristiana, tal y como el Cristo la estableció, y como sus Primeros Ministros la observaban, predicaban y manifestaban.