Traductor

martes, 11 de octubre de 2011

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO XXIX DE ORDINARIO. CICLO A.

actualizado 2014
DOMINGO XXIX DE ORDINARIO
CICLO A
Por cerezo Barredo
http://servicioskoinonia.org/cerezo/
PROYECTO DE HOMILÍA.

Cuando Jesús hizo su entrada mesiánica en Jerusalén y purificó el templo, las autoridades religiosas le preguntaron con qué autoridad hacía todo aquello. Jesús no les respondió la pregunta, pero les hizo descubrir cuál era la situación, explicándoles tres parábolas. El resultado de estas parábolas fue que las autoridades decidieron eliminarle.
Jesús era un hombre pobre e indefenso, pero gozaba de la estimación del pueblo. Esto hacía peligroso eliminarle por las buenas, y prefirieron la estrategia de hacerle hablar de cuestiones comprometedoras. El evangelio de Mateo recoge tres de estas cuestiones: la primera se la ponen los fariseos, que en este caso se alían con sus competidores herodianos; la segunda, los saduceos (esta no está recogida en el Misal); y la tercera, conjuntamente fariseos y saduceos (La leeremos el próximo domingo).
La primera cuestión es la que nos presenta el evangelio de hoy.
Era realmente una cuestión comprometedora en del ámbito judío.
En la religión judía, el pecado más grave, permanentemente denunciado por los profetas, era la idolatría. Pagar impuesto al César o Emperador Romano, era considerado por muchos un acto idolátrico ya que la inscripción que había en las monedas romanas trataba explícitamente al César de "divino". Pagarle tributo era como darle culto.
Además, el impuesto al César era la expresión más clara, odiosa y humillante de la sujeción de Israel a un Poder extranjero.
Si Jesús declaraba no lícito pagar este tributo, los herodianos podían denunciarle fácilmente a las autoridades romanas que, en estas cuestiones, no se andaban con chiquitas. Si respondía que era lícito pagar, los fariseos podían acusarle de idólatra, y automáticamente se enemistaría con la gente del pueblo.
Jesús no respondió a la pregunta sino que obligó a los inquisidores a ponerse en evidencia ellos mismos cuando les pidió que le enseñaran la moneda con la que había que pagar el impuesto al César. Porque resulta que Jesús no tiene ninguna de estas monedas. En cambio ellos sí que las utilizan y se benefician. Jesús hace que sean ellos mismos quienes digan de quién son y qué dicen aquellas monedas que ellos conocen bien. Si resulta que las mismas monedas ya indican que son del César, la conclusión es clara: "Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".
Queda claro lo que es del César, porque "las cosas del César" llevan su marca.
Evidentemente del César son el poder, el dinero, las leyes, … Pero resulta que ellos con su templo también tenían poder, dinero, leyes … El César era un poder, y el Templo era un poder. Y este es en realidad el conflicto.
Jesús no entra en este conflicto. Jesús quiere salvar al hombre, y eso significa liberarle de cualquier clase de Poder.
El Poder es el anti-hombre. Cuando dice: "dad a Dios lo que es de Dios" no significa que haya unas cosas que pertenecen a Dios y otras que pertenecen al César.
Dios, que es el creador de todo, tiene un proyecto de amor para con el Hombre. El Poder es el anti-proyecto.
El proyecto de Dios es la Vida. La obra del Poder es mantener la muerte en la ecuación. El proyecto de Dios es la Libertad. Al Poder le gustaría mantener la esclavitud.
Los que hacen la pregunta tienen y utilizan monedas con la marca del César; pertenecen al anti-proyecto. "Dad al César lo que es del César"; como si les dijera: "Dado que habéis elegido la esclavitud, sed esclavos; pero no mezcléis a Dios en todo esto, porque lo que es de Dios va por otros derroteros".
MENSAJE
Hay dos reinos: el reino de César y el Reino de Dios. No son dos reinos que se reparten el mundo, sino que el uno es la negación del otro. El dinero, los impuestos y tributos, … pertenecen al César, y, de hecho, a todos se nos imponen. No obstante, si nos hacemos ciudadanos del Reino de Dios, asumiremos "otros valores" que nos permitirán relativizar de tal manera los "valores del César" que ya no nos privarán de la Libertad ni de la verdadera Vida, aquella que no depende "de los que sólo pueden matar el cuerpo" (Mateo 10,28. Véase también Juan 14,30).
Este domingo, tercero de octubre (2008, y también el 2014) se celebra el Día Mundial de las Misiones. Estamos jugando con fuego cuando unimos tan estrechamente "misiones" y "dinero", porque –no lo olvidemos– el dinero siempre lleva la "marca del César".
RESPUESTA
Este evangelio ha sido leído desde hace mucho tiempo en el seno de una Iglesia "casada con el Poder". Desde esta situación, a veces se ha querido ver en las palabras de Jesús un criterio para dilucidar qué pertenece al César (al Poder civil) y qué pertenece a Dios (al Poder eclesiástico). Es una grave equivocación, que tiene carácter blasfemo. Por parte de la Iglesia, en este punto, ha habido un grave abuso del nombre de Dios.
En la medida que en la Iglesia hay Poder, dinero, leyes, burocracia, … es "reino del César", aunque sea en rivalidad con "el otro César".
Hay que reconocer que, en diferentes aspectos, la imagen externa y pública de la Iglesia lleva la marca del "César". Por ello, la respuesta urgente que se nos pide es una verdadera y auténtica conversión.
No es suficiente que el Papa Pablo VI renunciase a la tiara pontificia, la triple corona símbolo del triple "Poder" (!). El mimetismo con la sociedad civil mantiene a la Iglesia en una situación en la que cuesta descubrir nuestra pertenencia al Reino de Dios.
Es una tarea difícil, porque estamos tan acostumbrados a entender la Iglesia como una "sociedad trabada con vínculos jerárquicos", que no sabemos ni imaginarla de otra manera.
La verdad es que si tenemos que ser una sociedad parecida a la civil, sólo estorbamos en el mundo actual. ¡Ya tenemos suficiente –y de sobra– con la sociedad civil!
No es misión de la Iglesia ser un contrapoder. La Iglesia es servicio. Sólo servicio: desde el amor, desde la libertad que permite dar también la túnica a quien nos reclama el manto (Lucas 6,29).
¿Cómo sería una Iglesia sin Poder?
Podría parecer una pregunta que deben responder los especialistas y la jerarquía. Quizás sí, pero no sólo ellos. En realidad, quien está en mejor situación para realizar y ayudar a construir una iglesia sin Poder, somos las comunidades que estamos en la base. Cada parroquia, cada comunidad, tiene que encontrar su forma. "Cuesta mucho hacer girar un transatlántico, pero, para girar una barquita, es suficiente un golpe de remo".
¡Y es necesario –mejor aún, imperativo– dar el golpe de remo! Sin miedo; por fidelidad a la misión que hemos recibido; por amor a nuestro mundo que necesita ver otras maneras de entender la vida; por solidaridad con los hermanos que les cuesta liberarse del "templo con Poder".
Ya que celebramos el Día de las Misiones (2008 ó 2014), el evangelio de hoy nos ayuda a descubrir la auténtica dimensión misionera de la Iglesia. Jesús, para realizar su misión,se encarnó". Es decir: se hizo un hombre como nosotros. Como misioneros, no tenemos por finalidad "convertir a los demás" para hacerlos “de los nuestros" sino ser testigos del Amor de Dios "encarnándonos" en aquellos a los que nos sentimos enviados. Propiamente, el misionero, en ambientes no cristianos, no busca "convertir a los demás" sino "convertirse a los demás". San Pablo da ejemplo cuando dice que se hacía "judío con los judíos, … griego con los griegos, … débil con los débiles, …" (1 ª Corintios 9,19-23).
PREGUNTAS para el diálogo.
  1. ¿Consideráis que Estado e Iglesia son, como a veces se dice, dos sociedades independientes, autónomas, paralelas, con áreas propias?
  2. En el funcionamiento de vuestra comunidad, ¿hay mimetismo en relación a la administración civil? ¿Qué opináis? ¿No os importa?
  3. ¿Qué opináis con relación al paralelismo que existe en algunos puntos: libros de Nacimientos y de Bautizos; matrimonio civil y religioso; Cáritas y servicios sociales; etc.?
Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)