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jueves, 29 de diciembre de 2011

Relectura - ¿Salvados de qué?.


(Con RELECTURA intentaré, si puedo, expresar, con un lenguaje diferente, alguna de las ideas de un relato evangélico o fiesta. Quisiera ser una especie de "traducción" no de conceptos sino de esquemas mentales. Soy consciente de que se trata de algo arriesgado, que puede ser útil o estorbar. Imagino que habrá algunas de algo acertadas y otras muy desacertadas, pero me hace ilusión poner mi granito de arena al esfuerzo de tanta gente que ya hace tiempo también se dedican a este trabajo absolutamente necesario y urgente. Pido al posible lector una tolerancia benevolente. Que cada uno lo juzgue como le parezca más oportuno)
"Le pusieron por nombre Jesús ..."
Para entender algo, es importante hacerse las preguntas pertinentes. Igualmente, unas preguntas impropias pueden ser un obstáculo para la comprensión. Si, por ejemplo, me pregunto "¿qué sentido tiene mi vida?", no llegaré nunca a una respuesta acertada, porque no es la pregunta pertinente. La pregunta apropiada sería: "¿Qué sentido doy a mi vida?".
A menudo nos preguntamos "¿Quién es Jesús?". La pregunta es correcta, pero hay que saber que es una pregunta que no responden los Evangelios. En los Evangelios, la pregunta pertinente para entender a Jesús es "¿Quién es el Hombre?". Los Evangelios nos presentan a Jesús como parábola de la Humanidad.
"Le pusieron por nombre Jesús; era el nombre que había indicado el ángel antes de ser concebido por su madre". Podría parecer que los Evangelios se hacen un lío sobre quién pone el nombre a Jesús. Según el evangelio de Mateo, lo debería poner José (2,21); según el evangelio de Lucas, lo debería poner María (1,31), pero en el relato de la Circuncisión que hemos leído, se dice simplemente que le pusieron por nombre Jesús.
Notemos que, sea quien sea el que pone el nombre, siempre se trata del nombre que había indicado el ángel antes de ser concebido por su madre. Y no se trata de una cuestión sin importancia, pues sabemos que en la Cultura hebrea, el nombre hace a la cosa.
Todo lo que nos cuentan los Evangelios sobre Jesús es para responder a la pregunta: "¿Quién es el Hombre?". Es por ello que, dado que son una "buena noticia", ésta lo será para todos los "humanos".
A pesar de que los Evangelios fueron escritos en lengua griega, se expresa también la mentalidad propia de la Cultura hebrea. Por eso no hablan haciendo especulaciones sobre la Humanidad, o haciendo una presentación genérica y teórica del Hombre, sino que nos hablan de la realidad humana a partir de hombres concretos de carne y hueso. Jesús fue un hombre real, con vínculos sociales reales: hijo de unos padres reales, hermano de hermanos reales, ciudadano de un pueblo real, y súbdito de unas autoridades reales. Es a partir de este hombre real y concreto que los Evangelios nos explican que es el Hombre. Y, por contraste, nos lo explican, también con personas reales y concretas (como Herodes), que es el Antihombre.
Los Evangelios nos presentan al Hombre como una Historia. Esta Historia es sagrada, ya que tiene a Dios como protagonista, junto con el propio Hombre. Es precisamente gracias a este co-protagonismo de Dios que los Evangelios nos pueden presentar la Historia humana como una buena noticia, a pesar de los innumerables momentos trágicos, de muerte, crueldad y violencia.
La humanidad de Jesús pone al descubierto las amplias zonas de inhumanidad de nuestra Historia, de una forma parecida a como la luz deja bien enmarcados los espacios de sombra y de oscuridad. Como tantos otros hombres reales y concretos, Jesús fue juzgado, condenado y asesinado por unos (anti) hombres también reales y concretos. Y será precisamente en el hombre Jesús que podremos descubrir que el sepulcro no es la última escena de la Historia Humana. Nuestra Historia real está hecha de momentos de humanización y de deshumanización, pero el sepulcro vacío (Marcos 16,) nos anuncia que la deshumanización no triunfará sobre la humanización plena de todos los que lo acepten.
Jesús significa Salvador (Mateo 1,21). Nadie podía ponerle ese nombre por iniciativa propia. Estaba ya decidido por Dios "antes de ser concebido por su madre". ¿De qué nos "salva", Jesús? Aquí conviene no caer en la tentación de inventarnos una perdición previa a fin de poder ser salvados. El Hombre no estaba "perdido" antes de Jesús. La salvación que opera Jesús en cada ser humano es el descubrimiento de que somos hijos de Dios. Mientras el hijo no conoce aún el significado de ser hijo, se siente como un esclavo en casa de sus padres. El descubrimiento y aceptación de la filiación le "salva" de su supuesta esclavitud, como hemos leído en la primera Lectura, en palabras de San Pablo, que hablaba desde su propia experiencia. Sólo desde la conciencia de hijos entendemos la situación anterior como una etapa que tenía que ser "salvada". No estábamos ni perdidos ni condenados; simplemente nos encontrábamos en un camino sin horizonte. Antes de recibir y acoger la invitación a ser hijos de Dios (hijos en el Hijo), experimentamos la propia vida como una realidad básicamente absurda.
Es cierto que hay muchas personas que, a pesar de no saber que son invitadas a ser "hijos de Dios", muestran una ejemplar valentía para vivir con dignidad su vida (quizás considerada absurda). Pero también es importante que el orgullo de esta valentía no se convierta en un obstáculo para acoger, con alegría y agradecimiento, el don generoso de Dios.
Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)