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jueves, 11 de octubre de 2012

Nueva Evangelización? - Mujeres y hombres (2/2)


"Des-jerarquización?"
En la Iglesia Católica, las mujeres, por el simple hecho de ser mujeres, no pueden ser ni sacerdote (sacerdotisa) ni obispo (obispas) ni papa (papisa). Mirándolo en sí mismo, esto es una injusticia sin ninguna clase de paliativos. 
Pero mirándolo desde el Evangelio nos encontramos con una situación sorprendente: Jesús no instituyó sacerdotes. Más aún: Jesús excluye explícitamente toda forma de "poder sagrado" ("jerarquía") (Mateo 23,8 ss).
Los tres evangelios sinópticos ponen al comienzo de la vida pública de Jesús el sorprendente relato de su bautismo. Está expresado con una gran fuerza visual: "… el cielo se abrió, y se vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz del cielo: "Este es mi Hijo, mi amado, en quien me complazco" (Mateo 3,16). El cielo –la frontera entre el "mundo de Dios" y el "mundo de los hombres"– se ha abierto. El evangelio de Marcos es más radical y dice que se ha desgarrado. Y la "fuerza" (espíritu) de Dios, en forma de paloma, baja y se posa sobre Jesús. La paloma es un pájaro del cielo pero que anida en las casas de los humanos. La voz de Dios interpreta la situación: Tú eres mi Hijo amado. Ya no hay separación entre Dios y la Humanidad. Por lo tanto, ya no debe haber intermediarios ("pontífices" o "sacerdotes").
Que la apertura o desgarro del cielo tiene efectos en el ámbito religioso, los tres evangelios sinópticos lo expresan con una escena similar al final de la vida de Jesús: "Entonces la cortina del santuario se rasgó en dos trozos de arriba abajo" (Mateo 27,51). Se trata de la cortina que marcaba la separación entre la estancia exclusiva de Dios y el resto del templo. A esta estancia sólo podía entrar, una vez al año, el Sumo Sacerdote. El desgarro de la cortina, en el momento de la muerte de Jesús, quiere indicar que la presencia de Dios ya no queda "recluida" en un espacio reservado a sacerdotes sino que es "abierta" a todos. Aquel "hombre" que muere en el Calvario, no muere porque pierda la vida sino porque la entrega para todos. Desde ahora, la presencia de Dios se hará visible, no en templos gestionados por sacerdotes, sino en aquellas personas que entregan con amor su vida. Jesús se lo dirá explícitamente a la Samaritana: "Créeme, mujer, llega la hora de que el daréis culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén …. Llega la hora, mejor dicho, es ahora, que los auténticos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad. Estos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu. Por eso los que le adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad" (Juan 4,21 ss).
Jesús no instituyó sacerdotes ni ministros sagrados. En cambio, en la iglesia Católica hay sacerdotes y ministros sagrados, siempre masculinos. Resulta realmente sorprendente el paralelismo que encontramos entre la situación de las mujeres en la Iglesia y los dos grupos de discípulos (el de hombres y el de mujeres) de que hablan los Evangelios (y he comentado antes). Y, una vez más, son precisamente las mujeres las que se encuentran en la situación correcta. (Sobre la Carta a los Hebreos en donde se dice que Jesús es "sacerdote", podrán leer el breve comentario que dejaré en los APUNTES DE HOMILÍA del Domingo 32 , año B).
Esto no significa que las comunidades no puedan darse a sí mismas los servicios que necesitan. Y un servicio normalmente necesario es el servicio de autoridad. Como servicio, viene directamente de la comunidad, la cual determina el alcance y condiciones. 
Es cierto que San Pablo dice que toda autoridad proviene de Dios (Romanos 13,1). Pero esto no debe entenderse en un sentido ontológico, como si recibir autoridad comportara alguna superioridad ontológica sobre los demás. "Toda autoridad viene de Dios" tiene un significado funcional o, si se quiere, teológico, en el sentido de que sin autoridad no puede haber Sociedad, que es la manera como, de hecho, los humanos podemos convivir y avanzar hacia la plenitud que Dios nos ofrece. La autoridad es un servicio que una comunidad necesita y pide a alguna persona concreta, hombre o mujer. 
El hecho de que en la Iglesia el servicio de autoridad vaya vinculado a un (supuesto) poder sagrado, significa que no se considera tanto como un servicio sino como un Poder. Y esto va directamente contra el mensaje evangélico.
Las fortísimas y duras denuncias de Jesús contra los jerarcas de Israel nos obligan a una reflexión seria. Jesús critica el dominio que ejercen sobre los fieles. En el relato de la "expulsión del templo", en el evangelio de San Juan (2,13 ss), Jesús se hace un látigo para echar del templo a los animales destinados a ser sacrificados. Aquellas "víctimas" representaban al Pueblo. El látigo no es para azotar, es un signo mesiánico que sugiere la llegada del Mesías liberador, que hace salir  a las ovejas (el pueblo) del Templo convertido en un nuevo ámbito de esclavitud. (Véase: APUNTES DE HOMILÍA. Domingo 3 de cuaresma . Año B).
En la iglesia Católica no será posible una Nueva Evangelización sin un proceso simultáneo de des-jerarquización. El Concilio Vaticano II sólo la inició y, de alguna forma, legitimó desde dentro. Completarla  será una tarea de las diferentes comunidades. "Reconstruir el templo" es una tentación constante. En los Evangelios, la alternativa al "templo" es "el prójimo". "¿Quién es mi prójimo?", preguntó a Jesús un maestro de la ley. Y Jesús le respondió con la sorprendente, maravillosa y escandalosa parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,30).
Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)