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martes, 20 de noviembre de 2012

Mensaje del líder indio Seattle.


Este texto se basa en el parlamento que el año 1885 el Jefe Seattle de la tribu Suquamish dirigió al presidente de los EE.UU. como respuesta a su ofrecimiento de comprar las tierras donde los Indios vivían.
La única foto conocida del Jefe Seattle,
tomada en los años 1860 cuando se
acercaba a sus 80 años de edad.

El gran Jefe de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras.
El gran Jefe nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad.
Apreciamos mucho este detalle porque conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar su ofrecimiento, pues bien sabemos que si no lo hiciéramos pueden venir los hombres de piel blanca a tomarnos las tierras con las armas de fuego.
Que el gran Jefe de Washington confíe en las palabras del líder Seattle con la misma certidumbre con que espera el retorno de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?
Se nos hace extraña esta idea.
No son nuestros ni el frescor del aire, ni el movimiento del agua… ¡¿Cómo podrían ser comprados?!
Debería saber que mi pueblo tiene por sagrado cada rincón de esta tierra. La hoja reluciente, la playa arenosa, la niebla en la oscuridad del bosque, el claro en medio de la arboleda, y el insecto saltarín, son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. La savia que sube por los árboles lleva recuerdos del hombre de piel roja.
Los muertos del hombre de piel blanca olvidan su tierra cuando empiezan el viaje por entre las estrellas. Pero nuestros muertos nunca se alejan de la tierra, que es la Madre. Somos un pedazo de esta tierra. Estamos hechos con una parte de ella. La flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, … todos son hermanos nuestros.
Las rocas de las cumbres, el rocío sobre la hierba fresca, el calor corporal del potro, … todo pertenece a nuestra familia.
Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington hace venir a decirnos que nos quiere comprar las tierras, es demasiado lo que nos pide.
El gran Jefe quiere darnos un lugar para que vivamos todos juntos: él nos hará de padre y nosotros seremos sus hijos. Debemos pensar su ofrecimiento. No se presenta nada fácil, pues las tierras son sagradas.
El agua chispeante de nuestros ríos y humedales no es sólo agua, sino la sangre de nuestros antepasados.
Si os vendiéramos estas tierras tendríais que recordar que son sagradas, y que lo enseñarais también a vuestros hijos, y les explicaseis que los reflejos misteriosos de las aguas claras de los lagos narran las hazañas y los hechos de la vida de mi pueblo. El rumor del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed. Los ríos arrastran nuestras canoas y mecen a nuestros hijos.
Si os vendiéramos las tierras, tendríais que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son hermanos nuestros, y también vuestros. Deberíais tratar a los ríos con buen corazón.
Bien sabemos que el hombre de piel blanca no puede entender nuestra manera de ser. A él tanto le da un trozo de tierra como otro, porque es como un extraño que llega de noche a sacar de la tierra lo que necesita. No ve a la tierra como a una hermana, sino más bien como a una enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y sigue caminando. Deja tras de sí las sepulturas de los padres, y no parece que se duela.
No le duele dejar que la tierra se quede sin sus hijos. Trata a la madre-tierra y al hermano-cielo como si fueran cosas que se compran y se venden, como si fueran ganado o collares … Su hambre, insaciable, devorará la tierra, y tras él dejará tan sólo un desierto.
No lo puedo comprender.
Nosotros somos de una manera muy diferente.
Sus ciudades dañan la vista al hombre de piel roja.
Quizás sea así porque el hombre de piel roja es salvaje y no pueda comprender las cosas.
No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre de piel blanca; ningún lugar donde se pueda escuchar la primavera, el despliegue de las hojas o las rozaduras de las alas de un insecto.
Quizás me lo parece así porque soy salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído.
Y yo me pregunto: ¿qué tipo de vida tiene el hombre cuando no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy hombre de piel roja y no lo puedo entender.
A los indios, nos deleita el ligero rumor del viento rozando la cara del lago y su olor después de la lluvia del mediodía que lleva la fragancia del abeto.
El hombre de piel roja es conocedor del valor inapreciable del aire, pues todas las cosas respiran su aliento: el animal, el árbol, el hombre…
Pero parece que el hombre de piel blanca no sienta el aire que respira. Como si fuera un hombre que hace días que agoniza, no es capaz de sentir el hedor.
Sin embargo, si os vendiéramos las tierras, tendríais que tener en cuenta de qué manera amamos el aire, porque el aire es el espíritu que infunde la vida y todo lo arrulla.
Si os vendiéramos las tierras deberíais dejarlas en paz y que quedaran sagradas, para que fueran el lugar donde, incluso el hombre de piel blanca, pudiera saborear el viento, endulzado por las flores de la pradera.
Queremos considerar vuestro ofrecimiento de comprarnos las tierras.
Si decidiéramos aceptarlo, tendré que poneros una condición: que el hombre de piel blanca mire a los animales de esta tierra como a hermanos.
Soy salvaje, pero me parece que debe ser así.
Tengo vistos búfalos a miles pudriéndose, abandonados, en las praderas. El hombre de piel blanca les disparaba desde el caballo de fuego sin ni detenerlo.
Yo soy salvaje y no entiendo por qué el caballo de fuego vale más que el búfalo, pues nosotros los matamos a cambio, sólo, de nuestra propia vida.
¿Qué puede ser del hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre debería morir en gran soledad de espíritu porque todo lo que les sucede a los animales pronto se le sucede también al hombre. Todas las cosas están ligadas entre sí.
Si os vendiéramos nuestras tierras, habría que enseñar a vuestros hijos que el suelo que pisan es la ceniza de sus abuelos. Respetarán la tierra si les decís que está llena de la vida de los antepasados. Es necesario que vuestros hijos sepan igual que los nuestros, que la tierra es la madre de todos nosotros, que todo estrago causado a la tierra lo sufren sus hijos. El hombre que escupe al suelo, a sí mismo se está escupiendo.
De una cosa estamos seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre quien pertenece a la tierra.
El hombre no ha tejido la red de la vida, y él sólo es un hilo entre tantos otros.
Está preparando su desgracia si osa romper la red.
El sufrimiento de la tierra se convierte a la fuerza en sufrimiento de sus hijos. Estamos seguros. Todas las cosas están ligadas como la sangre de una misma familia.
Incluso el hombre de piel blanca que tiene amistad con Dios, y le habla de tú a tú, no puede rehuir ese destino común con nosotros.
Quizás es verdad que somos hermanos; ya veremos.
Sabemos algo que tal vez vosotros descubriréis más adelante: que nuestro Dios es el mismo que el vuestro.
Pero vosotros pensáis que tenéis poder por encima de Él, y a la vez queréis tener poder sobre todas las tierras! Pero no podréis tenerlo. El Dios de todos los hombres se compadece igualmente de los de piel blanca que los de piel roja.
Esta tierra es muy apreciada por su Creador, y maltratarla sería una grave ofensa.
Los hombres de piel blanca también sucumbirán y quizá antes que el resto de las tribus. Si ensuciáis vuestra cama, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos.
Pero veréis la luz cuando llegue la última hora, y comprenderéis que Dios os condujo a estas tierras y os permitió su dominio y la dominación del hombre de piel roja, con algún propósito especial. Este destino es de verdad un misterio para nosotros, porque no podemos comprender qué pasará cuando los búfalos se hayan acabado, cuando los caballos hayan perdido la libertad, cuando no quede ningún rincón de bosque sin tufo de hombre, y cuando, por encima los verdes cerros, tope por todos lados nuestra mirada con las telarañas de los hilos de hierro que llevan vuestra voz.
¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció.
¿Dónde está el águila? Desapareció.
Así se acaba la vida, y empezamos a sobrevivir.