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martes, 7 de mayo de 2013

REFLEXIONES DOMINICALES. ASCENSIÓN DEL SEÑOR. CICLO C.

ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Por cerezo Barredo. Ciclo C.
http://servicioskoinonia.org/cerezo/

PROYECTO DE HOMILÍA. 

Nota:
Podéis encontrar otros APUNTES para la fiesta de hoy en los comentarios a la Ascensión del año A y del año B.
Érase una vez, que había un grupo de músicos profundamente decepcionados. Todo había comenzado cuando se habían ido reuniendo en torno a un maestro especial. Antes no habían sido músicos, pero cada uno de ellos se había encontrado con aquel hombre singular que les había “enganchado” mucho.
Este hombre, musicalmente hablando, constituía una auténtica revolución porque su música no tenía como objetivo recrear los oídos sino actuar directamente sobre corazón y hacer estallar de júbilo a toda la persona.
Muchos profesionales de la música le criticaban porque ─decían─ lo suyo no era música sino una profanación de la música. Pero a ellos, los que se habían animado, no les preocupaba mucho si aquello era música o no, a ellos, aquel conjunto sincopado de sonidos, ritmo, vibraciones, silencios, gestos, palabras, … les hacía sentir la vida como  si fuera “un estallido de primavera”. Quizás no era música, pero para ellos era vida, creatividad, vigor, plenitud.
Ahora están tristes y decepcionados. Los músicos profesionales han acusado a su maestro de intrusismo, y han conseguido hacerlo condenar a un exilio total y definitivo.
Después del primer susto, aquel grupo de amigos volvió a encontrarse tímidamente. Pasaban largos ratos añorando y recordando al maestro: los ensayos, las conversaciones, las lecciones … anécdotas, experiencias, … Alguien recordó que decía a menudo: La música es mi vida. Era cierto: ellos también lo habían experimentado: aquella música del maestro era su vida: la de él y la de ellos.
Uno tomó su instrumento y lo acarició con ternura. Suavemente empezó a tocarlo como quien evoca un recuerdo.
Poco a poco, uno tras otro, todos se fueron añadiendo. Lentamente fueron descubriendo, admirados, que estaban creando una melodía que les absorbía: creció la tensión, les inundó el recuerdo, les cautivó la melodía, apareció el deseo de hacer presente al maestro, … y lo veían realmente allí, dirigiéndoles con su mirada, con sus gestos, con su aliento, con su éxtasis, … ¡¿Quién podía decir que no estaba allí realmente?! ¡¿Quién podía decir que ellos mismos, con esa música que les salía como un suspiro, no le hacían realmente presente, a él, para quien la música era su vida?!
En un Mundo que está en constante giro, en un Universo que, según muchos entendidos, se expande constantemente creando nuevos espacios en todas direcciones, hablar de Jesús "subiendo arriba" puede resultar un lenguaje sin ningún significado. Por eso me he atrevido a pasar de la Astronomía a la Música (y que me perdonen músicos y astrónomos).
No sé si el lenguaje resulta acertado. En todo caso quisiera que expresara esa experiencia vital de tantos humanos para los que la figura de Jesús, el maestro, es a la vez fuertemente ausente y profundamente presente.
San Lucas escenifica con el relato de la ascensión el final de una presencia que prepara y provoca el descubrimiento de otra presencia más sutil y más profunda. "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros" (Juan 16,7), había dicho Jesús a sus discípulos. Parte como maestro y señor para que le descubran como luz y fuerza. Fuerza y luz que les une, les reúne, les transforma y les proyecta hacia los demás. Será la experiencia de Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo.
"Este Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo volverá de la manera como le habéis que se iba al cielo". No se trata de que Jesús volverá de la misma manera como ha partido sino que, así como se ha ido, volverá. La salida es en función de su regreso y el regreso consiste en el descubrimiento que harán los discípulos de otra clase de presencia: una presencia nada avasalladora ni dominante, como una luz que ya no deslumbra porque se hace visible sólo en las cosas iluminadas. "¿Por qué estáis mirando al cielo?". Jesús desaparece como "objetivo de nuestra mirada", y volverá capacitando a nuestros ojos para ver con el corazón.
MENSAJE. 
Es cuando los hijos se emancipan que aparecen en ellos los frutos de la educación recibida. Es la ausencia de Jesús lo que nos permite comprobar los efectos transformadores de su acción en nosotros.
RESPUESTA. 
¿Qué hacéis aquí, mirando al cielo? Ahora Jesús ya no está para ser contemplado, polarizando nuestras miradas. Ni él ni ningún otro hombre que pretenda "sustituirle". Jesús es fuerza, estímulo, iniciativa, respuesta… dentro cada uno de nosotros. Pretender "sustituir" su presencia física con otras "presencias físicas" conllevaría el bloqueo de su presencia en el corazón. ¿No será esta la causa de la trágica pobreza de impulso cristiano en tantísimas comunidades cristianas? Ocupados mirando al Papa, o a los obispos, o a los sacerdotes o tantos y tantos "líderes religiosos", no podemos experimentar esa presencia transformadora que nos convertiría en verdaderos hombres adultos, capaces de ver, escuchar y responder a nuestro mundo. La luz no es para ser vista sino para hacer visibles las otras cosas. ¿Lo entenderemos algún día?
PREGUNTAS para el diálogo. 
  1. ¿Entre nosotros, el cura está al servicio de la vida de la comunidad o, más bien, las personas activas de la comunidad se ponen al servicio de la obra del cura? ¿Cómo lo veis?
  2. ¿Podría ser conveniente que las parroquias pasaran por la experiencia de quedarse por un tiempo sin cura? ¿Qué pasaría? ¿Desaparecerían? ¿Espabilarían? ¿Madurarían como comunidad?

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)