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miércoles, 5 de junio de 2013

"YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA" - Domingo X del Tiempo Ordinario - Ciclo C


"YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA"
Domingo décimo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – 9 de Junio de 2013
“DIOS HA VISITADO A SU PUEBLO”
Como todos los milagros de Jesús, la resurrección del hijo de la viuda de Naim es signo de una triple realidad. En primer lugar, es manifestación de la divinidad de Cristo, quien, sin necesidad de invocar a Dios, como había hecho el profeta Elías antes de resucitar el hijo de la viuda de Sarepta (1ª Lectura), con sólo el poder de su palabra ("¡a ti te lo digo, levántate!"), devolvió la vida a aquel joven, haciendo exclamar a todo el pueblo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo".
Este milagro, también es signo de la misericordia divina, como así lo manifiestan los sentimientos y las palabras de Jesús: "Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: No llores" (Evangelio). Pero, sobre todo, es signo de la misión salvífica de Cristo: "Yo he venido para que tengan VIDA y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). "Yo soy la resurrección y la VIDA" (Jn 11, 25). El Señor desea salir al encuentro de cada hombre, tal vez caído en la muerte del pecado, para llamarle a la conversión ("¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate (y sal del pecado)!"). Esta conversión debe conducir a una humilde y sincera confesión de los pecados ("El muerto se incorporó y empezó a hablar"). Y, finalmente, habiendo resucitado a la VIDA DIVINA, el Señor nos confía al cuidado de nuestra Madre la Iglesia.
PARA RESUCITAR A LA "VIDA" ES NECESARIO CONFESAR LOS PECADOS
Las razones teológicas por las que es necesario confesar sinceramente los pecados en el sacramento de la Penitencia, para obtener el perdón de los mismos y poder resucitar a la VIDA DIVINA, se fundan, en primer lugar, en el hecho de que se trata de un JUICIO, conforme a las palabras del Señor: "A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 23); y, por tanto, en todo juicio, es necesario conocer los hechos.
En el sacramento de la Penitencia se busca también la sanación del alma, enferma por el pecado; y el confesor, en cuanto médico espiritual, debe conocer su estado de salud, a fin de poder ofrecer los remedios convenientes. También hay una razón psicológica, y es que, mediante la apertura del corazón al confesor, el alma se siente liberada y experimenta gozosamente la misericordia del Señor.
JESÚS NOS CONFÍA A LOS CUIDADOS MATERNOS DE LA IGLESIA
El pecado, no sólo nos hace caer en la muerte espiritual, privándonos de Dios, que es la VIDA del alma, sino que también nos excluye de la comunión de los santos, quedando convertidos en un sarmiento seco en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.
Al reconciliarnos con Dios en el sacramento de la Penitencia, el Señor nos entrega a nuestra Madre la Iglesia, como hizo con el hijo de la viuda de Naim; y como hizo el Buen Samaritano con aquel que encontró herido en el camino, llevándolo a la "posada", que es la Iglesia, y depositando en ella los dos "denarios" de su Palabra y de los Sacramentos, con los que cura nuestras heridas y nos devuelve la salud espiritual.

Leunam