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jueves, 4 de julio de 2013

El Trabajo que le espera al Papa Francisco





Hoy, entre los cristianos, así como entre la mayoría de los humanos, hay tantas ganas de renovación que unos simples detalles –como el nombre escogido por el Papa– ya despiertan una gran esperanza. Todos confiamos en que los "detalles" sean preludio de cambios importantes y urgentes. La Iglesia, al igual que la Sociedad globalizada, se ha convertido en algo parecido a un inmenso transatlántico en el que han aparecido muchas vías de agua que amenazan con hundirlo. 

Pero, mirando con más atención estas vías de agua, descubrimos que el transatlántico está formado por una gran multitud de pequeñas barcas, empotradas entre sí por el poder de atracción del Centro. Las vías de agua son el resultado de los intentos de muchas de las pequeñas barcas por recuperar la autonomía perdida. 

Y es que hoy, las pequeñas barcas van tomando conciencia de su dignidad, y de su misión específica en la sociedad. Las vías de agua están poniendo en evidencia que el transatlántico no es realmente un trasatlántico sino un monstruo. Un monstruo que, a través de los años, se ha ido haciendo y agrandando devorando su entorno. La Iglesia, al igual que la Sociedad, ha llegado a ese punto de tamaño (o de monstruosidad) en que la vida en él se colapsa.

Por ello, las vías de agua son, en realidad, signos de esperanza. Las pequeñas barcas van recuperando su propia vida y su propia dignidad. Sólo desde la autonomía son posibles la creatividad y la comunión generosa abierta a todos. La "unidad" nacida del hecho de quedar absorbidas por el monstruoso trasatlántico, no es unidad sino anulación.

Seguramente, ésta deberá ser la gran tarea que se espera del papa Francisco. No se trata de "salvar el trasatlántico" sino de disolverlo, animando a las pequeñas barcas a desanclarse para recuperar la propia identidad y abrirse a una generosidad creativa.

También deberá poner en juego toda su autoridad para defender a los pequeños. Son muchos los que añoran el antiguo transatlántico. ¡Son muchos todavía los monstruos deshumanizadores! Y, ¡son muchas sus insidias cuando se ven desguazados!

De momento el Papa, a pesar de ser jesuita, ha tomado el nombre de Francisco. Es el nombre de aquel que abandonó los grandes palacios para enamorarse de las pequeñas flores del camino; el nombre de aquel que, según el sueño, tenía que salvar a la Iglesia fundando los "Frati minores", los hermanos pequeños .

No le dejamos solo en esta tarea urgente, y tan peligrosa sobre todo para él.


Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)