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viernes, 23 de agosto de 2013

Escasez de sacerdotes - Fòrum Joan Alsina

La escasez de lo que habitualmente se denominan vocaciones religiosas es un hecho fácilmente constatable y aceptado por todos. Quizás habría que señalar que, desde esta perspectiva, nos encontramos ya en una situación de escasez por debajo de límites razonables. A pesar de esta coincidencia, cuando se trata de analizar, hacer el diagnóstico y proponer caminos de salida, las conclusiones son muy diversas.

  Podríamos presentar tres actitudes fundamentales:
1. - Los que atribuyen la crisis a causas ajenas: el materialismo, el hedonismo, el relativismo ... Proponen un reforzamiento de la ortodoxia y un repliegue a las trincheras doctrinales de los concilios de Trento y Vaticano I. Para ellos la acción más eficaz es intensificar las oraciones y rogativas para que Dios nos otorgue este don tan preciado de las vocaciones.
2. - Los que intentan poner parches agrupando parroquias en los núcleos más grandes o multiplicando los servicios sacramentales de un cura yendo de pueblo en pueblo. Este sistema gusta mucho a la jerarquía porque no cambia nada de la estructura actual. En algunos lugares como en nuestro obispado, se apunta hacia una participación más fuerte del laicado en los lugares donde no hay cura, preparándolo para animar ceremonias litúrgicas y Celebraciones de la Palabra
3. - Los que pretenden sustituir la estructura piramidal actual por una iglesia–comunidad que sea el Pueblo de Dios, tal como dice el Vaticano II. Querrían retornar a los rasgos más genuinos de los ministerios y carismas que animaban las primeras comunidades cristianas. Cada comunidad tendría a la persona elegida entre ellos para presidirles.
Después de tanto tiempo de ejercitar las dos primeras actitudes sin lograr ninguno de los objetivos previstos, estamos convencidos de que han fracasado rotundamente y han hecho evidente su anacronismo, que han caducado irreversiblemente. Se podría concluir que Dios no escucha estos rezos, porque no son de su agrado.

Ante los retos que tenemos parece que el Espíritu no ha soplado en la dirección en que nos empeñamos en ir. Nos conviene, por tanto, escuchar mejor al Espíritu, discernir con más cuidado los signos de los tiempos y profundizar en los puntos de referencia que nos ha sugerido de forma especial a través de la voz autorizada del Concilio Vaticano II. El sentido de la fe de toda la Iglesia también empuja en esta dirección.

Todos estos aires nos llevan a recuperar la experiencia de aquellas primeras pequeñas comunidades que tenían muy clara la meta hacia donde avanzar, a pesar de los escollos y las limitaciones con que tropezaban: se esforzaban por tener un solo corazón y una sola alma, para que nadie viviera en la indigencia (Actas 5 32-24) y para que las viudas y los huérfanos tuvieran un hogar. Su manera de cumplir el mandato básico de Jesús era servir y compartir lo que eran y tenían: la fe, los bienes y las capacidades, el poder y los ministerios. En el Reino de Dios que iban construyendo, aún muy tierno y débil, no había señores ni súbditos, primeros ni últimos, generales ni tropa. Habían entendido que nadie debe hacerse llamar maestro, porque de maestro solo hay uno y todos los demás somos hermanos (Mateo 23, 8).

No tenemos constancia de que hubiera oficios excluyentes ni funciones reservadas a personas marcadas en ceremonias rituales. San Pablo insiste mucho en la diversidad de dones que el Espíritu distribuye a discreción para la edificación del único Cuerpo de Cristo. Es la comunidad quien reconoce estos dones y los organiza para su crecimiento y maduración. Los servicios y ministerios no se legitiman por la llamada y consagración de los jerarcas, sino por el encargo de la comunidad, que a menudo es ratificado por el obispo o por el apóstol.

La persona elegida preside las celebraciones eucarísticas en que se ejercen los diversos carismas (predicar, denunciar, discernir, compartir, interpretar ...), garantizando la pluralidad y la participación de todos en igualdad de oportunidades. Y, claro, no había discriminación ni incompatibilidad por razón de sexo o de estado civil a la hora de ejercer estos ministerios.

Ahora, que estamos cerca del Día del Seminario, ofrecemos estas reflexiones a quien se sienta interesado en el tema. Puede participar en el debate de muchas maneras: en la reflexión personal, en conversación con los amigos o enviando las aportaciones al blog del Foro.

Las ideas que hoy se ofrecen se avienen plenamente a las que han publicado hace pocas semanas un grupo de teólogos y teólogas alemanes y que han recibido numerosas adhesiones. También están en la línea del pensamiento del teólogo Castillo y de un documento que hace tiempo publicaron un grupo de dominicos holandeses.

Foro Joan Alsina . Girona, 02 2011