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lunes, 9 de septiembre de 2013

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO XXIV DE ORDINARIO. CICLO C.

DOMINGO XXIV DE ORDINARIO
Por cerezo Barredo. Ciclo C.

PROYECTO DE HOMILÍA. 

NOTA.
La versión larga del evangelio de hoy nos propone la famosa y conocida parábola del padre bondadoso, hasta hace poco conocida impropiamente como parábola del hijo pródigo. El Misal ya nos la propuso el domingo cuarto de Cuaresma. Allí puede encontrar los apuntes correspondientes. Hoy aquí, escribo una ampliación.
"… y come con ellos".
El relato comienza con la acusación que los fariseos y maestros de la ley hacen contra Jesús: "Este acoge a los pecadores y come con ellos". La anotación "come con ellos" parece una referencia directa a la comida eucarística de las comunidades cristianas. Si es así, aquí Lucas quiere hablarnos de un posible problema interno de las comunidades. Esto vendría confirmado por el hecho de que la parábola con la que se quiere dar solución a este problema hable de (dos) hermanos, que es la forma en como se denominaban entre sí los miembros de una comunidad cristiana.
La alusión a los fariseos y maestros de la Ley sería porque la "levadura" que ellos representan se habría introducido en las comunidades (Lucas 12, 11).
No debemos pensar que los encuentros de hermanos acontecieran siempre sin problemas. Los escritos del Nuevo Testamento y la experiencia cotidiana son testimonio de que no era así. La hermandad, llevada a la práctica, no es fácil.
“Todos los publicanos y otros pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Él les acogía y comía con ellos”. No se dice que, los pecadores, primero se hubieran convertido. Esto provoca la reacción de algunos hermanos "más cumplidores" que consideran que se debería ser un poco más exigente. Como mínimo exigir a pecadores que, antes de participar en la Eucaristía, se convirtieran para dejar de ser pecadores.
La parábola con la que Jesús responde es muy radical, y Lucas nos prepara con dos preguntas retóricas, de aquellas que se hacen sin esperar la respuesta de tan evidente como es.
  • ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja en el desierto las noventa y nueve que le quedan y va tras la perdida hasta que la encuentra?
  • ¿Qué mujer, si tenía diez monedas y se le pierde una, no encendería la luz y barrería la casa y la buscaría con todo el interés hasta que la encontrase?
De entrada, estas dos preguntas no parecen coherentes con el problema que nos ocupa. Una oveja perdida no es pecadora. Una moneda perdida antes manifiesta un descuido de su propietaria. Aquí no hay "pecado" ni necesidad de "conversión". No es este el problema que denuncian los fariseos y escribas.
¿Seguro que no es este el problema?
Toda sociedad genera unas normas, unas costumbres o una moral que llevan fácilmente a dividir a la gente en buenos y malos, puros e impuros, practicantes y no practicantes, justos y pecadores, ciudadanos y forasteros, etc. … ¿Es válida esta división a los ojos de Dios? ¿Es legítimo introducir estos criterios en el seno de la comunidad cristiana?
"Os aseguro que en el cielo habrá más alegría por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". Hay mucha ironía en esta sentencia de Jesús, porque ni la moneda ni la oveja se debían "convertir", en cambio, en la parábola que sigue, sí hay necesidad de conversión. Primero hay una conversión que ya se ha dado: la del hermano pequeño, "pecador". Y su retorno ha producido una gran alegría en la casa del padre.
Pero hay otra conversión que aún no se ha producido: la del hermano mayor, tan "cumplidor" que nunca se ha ido de casa, pero que ahora no quiere entrar a la fiesta porque allí está el hermano "pecador". Propiamente la queja no es contra el hermano sino contra la bondad del padre. Exactamente como la queja de los fariseos y los maestros de la ley. Su murmuración pone de manifiesto que ellos, que se consideran tan justos, se deben convertir, y que aún no lo han hecho.
MENSAJE. 
Los criterios que podamos establecer entre nosotros sobre quién es justo o pecador no coinciden con los criterios de Jesús (o del cielo), y si alguien los ha introducido en el seno de la comunidad, precisamente esto manifiesta que también él es pecador, y necesita convertirse.
En todo caso, la presencia de pecadores debe considerarse normal en las comunidades, como es normal la presencia de enfermos en un hospital. Con una diferencia importante: en las comunidades, todos somos a la vez enfermos y médicos, y mutuamente nos ayudamos a curarnos viviendo la hermandad. Por eso las comunidades, además de ser hospitales, pueden ser, y serán, también salas de fiesta.
RESPUESTA. 
Parece muy difícil ser miembro activo de una comunidad y no establecer juicios de valor entre nosotros. Pero que sea difícil no significa que no sea necesario intentarlo. Un viejo compañero mío, muy valorado por sus sabios consejos, solía decir: Si de alguien no puedes hablar bien, cállate.
Por otra parte, a menudo se ha dicho que para ir a comulgar no se debe tener pecado. En la práctica, mucha gente ha entendido esto como si no se pudiera ir a comulgar sin confesarse antes.
Es cierto que actualmente se ha superado bastante esa mentalidad ritualista, pero quizás todavía no nos damos cuenta lo suficiente de la capacidad conversora de la comunión cuando no es un simple rito sino una actitud vital.
El hermano pequeño, "pecador", no se convierte cuando pide perdón sino cuando decide volver. Todo pecado comporta una actitud de menosprecio hacia los demás. Igualmente, toda conversión conlleva retornar hacia los demás, sentirse en comunión y, si viene el caso, hacer comunidad con ellos. El "pecado" del hermano pequeño no está en las orgías en que cayó sino en la manera en como se fue de casa. Igualmente el hermano mayor: por muchos que sean sus méritos y obediencias, está en "pecado" porque no quiere entrar en una fiesta con "este tu hijo" (replica al padre) que él no quiere reconocer como hermano.
La comunión ya es conversión. Volver, ya es conversión. Volver significa aceptar ser hombre entre los hombres; hermano; solidario…
Sobre este punto hay que evitar un malentendido importante:
Viniendo como venimos de una situación de cristiandad, este "volver" podría entenderse como "volver a la iglesia".
Si consideramos a la iglesia como el lugar propio de las cien ovejas, hoy nos encontraríamos con una situación casi invertida de la que describe el Evangelio: noventa y nueve que se han marchado y una que ha quedado…
Pero no es ésta la situación. La iglesia, entendida como comunidad concreta, no es el destino del camino de vuelta. El destino es la humanidad. La iglesia es un medio que a veces puede ser útil y a veces no. La "vuelta" significa volver a la comunión con la Humanidad. A veces ayudará el formar parte de una comunidad concreta, a veces ayudará cambiar de comunidad; también puede ocurrir que, en ciertos momentos, cualquier comunidad concreta y estructurada nos resulte un obstáculo. La comunión puede pasar por muchos caminos y muy variados: religiosos, no religiosos o incluso "antirreligiosos".
PREGUNTAS para el diálogo. 
  1. El encuentro de la comunidad llega a su punto álgido en el momento de la comunión. ¿En aquellas misas donde hay un clima de hermandad y de proximidad, consideráis correcto que a alguien no se le dé la comunión porque es pecador, o porque no está bautizado, o no ha hecho la 1ª Comunión, o es de otra religión, …?
  2. La misa es el encuentro de la comunidad cristiana. Pero, entre nosotros, a menudo se hacen misas que responden a celebraciones de carácter social: bodas, entierros, encuentros populares, … ¿Qué opináis? ¿Qué cambios de lenguaje se deberían hacer?
  3. ¿Decir que en el cielo habrá más alegría por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, no conlleva una cierta injusticia hacia todos aquellos que se han esforzado por ser buenas personas durante toda la vida?

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)