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martes, 24 de septiembre de 2013

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO XXVI DE ORDINARIO. CICLO C.

DOMINGO XXVI DE ORDINARIO
Por cerezo Barredo. Ciclo C.

PROYECTO DE HOMILÍA. 

La parábola de hoy tiene dos partes bien diferenciadas.
En la primera se nos describe a la pareja: rico y pobre. Espontáneamente sentimos simpatía por Lázaro, un pobre tan pobre que no tiene otra compañía que los perros que corren por la calle, tan pobres como él.
Por el contrario, sentimos rabia hacia este ricachón que exhibe su riqueza sin compadecerse en absoluto del pobre, tumbado junto a su portal. ¡Qué caradura, este ricachón, pensamos!
Pero en la segunda parte, el rico, ya difunto, nos aparece como un pobre rico, y despierta en nosotros una cierta compasión, sobretodo frente a la dureza que hacia él muestra el padre–Abraham negándole el menor consuelo. Diríamos que en la segunda parte se repite la situación de la primera, pero invertida: el rico como pobre, y Lázaro, con  el padre–Abraham, como rico.
Quizás, ante las respuestas del padre–Abraham, pensamos: nosotros no seríamos tan duros … Más aún: de alguna manera la dureza del padre–Abraham es la manifestación de una dureza que proviene de Dios. Y esto nos sorprende porque no encaja con la imagen que de Dios nos da Jesús en los Evangelios.
Incluso parece que esta segunda parte haya sido escrita para presentarnos el rico como buena persona (Recordemos que esta parábola fue dirigida a los fariseos, considerados por todos como buenas personas), ya que, en medio de los propios males, él se preocupa de sus cinco hermanos por la situación peligrosa en la que se encuentran. Y esta bondad del rico contrasta con la dureza de la respuesta que recibe: "Tienen a Moisés y a los profetas: que les escuchen". El contraste bondad–dureza parece expresamente buscado.
Ciertamente cuesta entender esta dureza hacia alguien que suplica humildemente la ayuda de su padre.
Es muy cierto que los Evangelios nos presentan a Jesús como a la manifestación de la bondad de Dios, pero esta bondad tiene una excepción: cuando un ser humano se comporta duramente con otros seres humanos.
Repetidamente y de diversas formas se nos dice que Dios usará con nosotros la misma medida que nosotros habremos usado con los demás. (Lucas 6, 37 s; Mateo 6, 15; 7, 1; 25, 41).
Sobre este punto los textos de los evangelios son implacables, y, además, van acompañados de una terrible declaración: "Os aseguro que todo aquello que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo aquello que desatéis en la tierra quedará desatado el cielo" (Mateo 18, 18). Es decir: la vida del más allá queda decidida en la forma de vivir aquí. La muerte no introduce otra vida. Existe una sola vida, con un primer tiempo para "decidirla", y con una continuación de aquello que hayamos decidido. Ocurre como con la cerámica: cada objeto, antes de ser puesto en el horno, se puede moldear y cambiar, pero, una vez puesto en el horno, ya nada puede cambiar. Semejante a los humanos: (visto desde la situación actual) tenemos la vida de ahora para cambiar y transformarnos, pero con la muerte se acaba el tiempo de construcción y seremos lo que hayamos decidido ser.
He de confesar que me resulta difícil entender esta "fijación" a través de la muerte. Aunque los evangelios nos lo presentan como plenitud, me cuesta ver cómo esta plenitud se puede compaginar con la libertad. Y en todo caso, una plenitud sin libertad no sería plenitud.
Seguramente la libertad propia de la situación de plenitud será tan diferente y tan superior a la de ahora, que es imposible imaginársela. De hecho, la libertad de ahora es tan imperfecta que implica poder elegir entre amor y desamor, pero no parece muy razonable que el desamor sea fruto de libertad. Ciertamente, para amar necesitamos libertad, pero para no–amar, basta la cobardía o la indolencia.
… hay una fosa inmensa …
Abraham habla de una fosa inmensa que separa los lugares de cada uno: del rico y del pobre. ¿Quién ha puesto esta fosa aquí? Nadie. Es la propia fosa que, en vida, ha establecido el rico entre él y el pobre. ¡Tan cerca y tan lejos! Tan fácil de encontrarse y tan inaccesibles. ¡Al pobre no le llegan ni las migajas que caen de la mesa del rico! A partir de aquí: ¡"Lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo"! "Porque tuve hambre y no me disteis de comer; …" (Mateo 25, 42).
Quizás ahora empezamos a entender la dureza de Dios. Se parece a la dureza del profesor preocupado por el alumno que no estudia, y al que advierte: Si continúas así, tienes el curso suspendido. No es el profesor quien provoca el suspenso sino la holgazanería del alumno. El trabajo del profesor es ayudar al alumno a superar sus limitaciones cognitivas, pero no puede hacer nada frente a su holgazanería. Sólo puede advertirle seriamente. Cada camino tiene su destino.
Moisés y los profetas …
La parábola es una advertencia, y una advertencia seria, sobretodo cuando nos dice: "Tienen a Moisés y a los profetas: que les escuchen".
Moisés, aquí, representa lo que nos dice la Religión, la Ética o la Moral que todos, más o menos, hemos podido aprender.
Los profetas son todos y cada uno de los pobres que nos encontramos en el camino de la vida. No importa que nos consideramos cristianos, creyentes, ateos, agnósticos o indiferentes. Cada pobre es un profeta que nos habla directamente con un lenguaje siempre comprensible. Y sólo hay dos posibilidades: "Tenía hambre y me disteis de comer" o "Tenía hambre y no me disteis de comer". Es aquí dónde nos lo jugamos todo. El resto son truenos.
La referencia a los cinco hermanos posiblemente quiera ser una referencia directa a la comunidad cristiana, los miembros se llamaban entre ellos hermanos. A pesar de llamarse hermanos, entre ellos se establecía también a veces la "gran fosa" entre ricos y pobres (1ª Corintios 11, 20 ss).
El número cinco quizá quiere sugerir la idea de universalidad. Con Moisés o sin, todo el mundo dispone de unos profetas que le hablan directamente a él.
El pobre no sabe que es profeta para alguien. Él sólo sabe que está "tumbado junto a su portal, cubierto de llagas, esperando satisfacer su hambre". Pero su mera presencia en la puerta del rico le convierte en un "profeta" para este: una invitación directa y personal a la solidaridad. No es pobre porque es profeta sino que es profeta porque es pobre ante un rico.
No es malo ser rico … ¡si no hay pobres!
MENSAJE. 
Sólo hay una vida, en la que nos lo jugamos todo: la capacidad o la incapacidad de comunión. El resto sigue por sí mismo.
¿Qué es este resto? Los evangelios nos pintan con colores vivos aquello que significa la comunión, pero la no–comunión nos es descrita sólo en forma de posibilidad amenazadora. No forma parte del "proyecto de Dios"; sólo puede ser consecuencia de la mala decisión de cada uno.
¿Qué comporta la no–comunión? No lo sé. Seguramente no lo sabe nadie, ni falta que hace. Como no hace ninguna falta a un estudiante saber qué conlleva el suspenso. Para un "estudiante", el único horizonte, para él y para el profesor, es aprender. Igualmente, para los seres humanos el único horizonte es la comunión. Menospreciarlo, es quedarse sin horizonte.
RESPUESTA. 
Hacer caso de Moisés y de los profetas.
"Moisés" (quien sea para cada uno) casi siempre predica un cierto humanismo, con elementos muy positivos.
Pero aquello definitivo son los profetas. Los profetas son los pobres que cada uno encuentra en su camino. Ellos nos hablan directamente a cada uno de nosotros. A menudo sin palabras, y si usan palabras, pueden ser no–verdaderas. Ellos hablan con su presencia. Están (estamos) aquí, y es esta presencia concreta lo que nos pide una respuesta concreta. Podemos atenderla o rehuirla, pero es imposible ignorarla.
El rico de la parábola sabía que Lázaro estaba en su portal. El relato hace notar expresamente su nombre. "Lázaro" significa "Dios ayuda". Según el relato, no se puede decir que sea el propio Lázaro el ayudado por Dios, sino que Lázaro es el profeta particular que Dios ha enviado para ayudar al rico. ¿Qué más podía hacer?
En la segunda parte del relato, el rico pide a Abraham que envíe a Lázaro a sus cinco hermanos, pero no como "pobre" sino como "muerto", para que sea como un "milagro". Así le harán caso, piensa. No ha entendido absolutamente nada. La conversión no se decide por la fuerza amenazadora de un "muerto" que habla del infierno. No es el miedo lo que salva. Sólo salva la solidaridad. Lázaro fue profeta para el rico precisamente porque era pobre: su sola presencia de pobre era una invitación inexcusable a la solidaridad. Los otros cinco hermanos también tienen a sus pobres–profetas. Pueden escucharles o no. Y aquí se lo juegan todo.
PREGUNTAS para el diálogo. 
  1. El cambio que Jesús provoca en el mundo religioso, siguiendo la línea de los profetas, es tan importante que en la Carta de Santiago podemos leer: "La religión pura y sin mancha delante de Dios Padre consiste en esto: ayudar a los huérfanos y las viudas en sus necesidades y guardarse limpio de la malicia del mundo" (Santiago 1, 27). ¿Qué pensáis de esto, teniendo en cuenta a la iglesia actual?
  2. Ser rico es una buena cosa, excepto si existen pobres. Pero, al parecer, siempre habrá pobres. Más aún: hoy, entre nosotros, hay quien ha decidido ganarse la vida haciendo el oficio de "pobre" (¡que puede ser muy rentable!). ¿Qué interrogantes os sugiere todo esto? ¿Cómo compartir correctamente las riquezas?
  3. La mayoría de nosotros somos ricos si nos comparamos con los más pobres, y somos pobres si nos comparamos con los más ricos. ¿Como vivís esta realidad?

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)