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lunes, 28 de octubre de 2013

REFLEXIONES DE FESTIVOS - FESTIVIDAD DE LOS DIFUNTOS

ACTUALIZADO EN 2014

Por cerezo Barredo. Ciclo C.
PROYECTO DE HOMILÍA.

Hoy este apartado no será sobre el evangelio sino sobre el lenguaje de la Fiesta de los difuntos en sí misma.
Hay una primera cosa que sorprende: de las dos celebraciones –Todos los Santos y Día de los Difuntos– aquella que es realmente popular es la segunda; en cambio, el calendario laboral declara festiva la primera. Parece un contrasentido.
Esta incongruencia es un reflejo de la contradicción en que se encuentra nuestra sociedad en relación a la Muerte. Por un lado, la Muerte es una realidad profundamente presente en nuestra vida, no sólo porque todos morimos sino sobretodo porque experimentamos la muerte de las personas con las que convivimos.
Por otra parte, apartamos de nuestra vida todo aquello que tenga relación con la Muerte. Los cementerios son como una "ciudad aparte", la ciudad de los muertos. Los tanatorios nos facilitan separar el "mundo de los vivos" del "mundo de los muertos". A nuestros niños les escondemos la realidad de la Muerte tanto como podemos.
Quizá por eso normalmente recordamos a nuestros antepasados no tanto en el Día de los Difuntos sino en la Fiesta de Todos los Santos. Este año, sin embargo, que coincide con domingo, quizás sea diferente.
En el ámbito mediterráneo, la separación de estos dos mundos –el mundo de los Vivos y el mundo de los muertos– viene significada por la losa que cubre los sepulcros o por la lápida que cierra los nichos. La cosa viene de lejos y ha influido también en el lenguaje de los evangelios.
Pero el mensaje cristiano, en este punto, tiene una posición radical. "Retirad la losa", manda Jesús a las hermanas del difunto Lázaro. "Dejadlo ir" (Juan 11,39–44). La losa que separa los "dos mundos", es obra nuestra. Cuando los evangelios nos hablan de "muertos" no se refieren tanto a los difuntos como a aquellos que no viven la auténtica vida, que es el Amor. "Deja que los muertos entierren a sus muertos", responde Jesús a un candidato a discípulo (Mateo 8,22). (Véase también 1ª Carta de Juan 3,14).
El "mundo de los muertos" no es creado por Dios. Dios ha creado sólo el mundo de los vivos, y este es el único mundo real. Cuando piden a Jesús que visite a una familia donde ha muerto una hija, Jesús les dice: "la chica no está muerta sino que duerme" (Mateo 9,24).
Del mismo Jesús nos dicen los evangelios que, una vez muerto, introdujeron y encerraron su cuerpo en el mundo de los muertos, haciendo rodar a la entrada una "gran piedra" (Mateo 27,60). Cuando las mujeres acuden para ungir el cadáver de Jesús, su problema es: “¿quién nos quitará la piedra?". La "gran piedra" que separa los dos mundos la ponemos los humanos, y, una vez puesta, nos cuesta mucho quitarla … La sorpresa de las mujeres fue comprobar que la gran piedra había sido retirada (Marcos 16,3), y el ángel que les dice: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (Lucas 24,5). No es que Jesús no hubiera muerto, sino que la muerte no es lo contrario a la vida, ni la excluye.
En el mensaje cristiano desaparece la losa que separa los dos mundos. No hay dos mundos sino uno solo, creado para la Vida.
En el espíritu de la Liturgia, esta Memoria de Difuntos, a continuación de la fiesta de Todos los Santos, implica una idea difícil de asumir y más difícil de explicar en una sociedad como la nuestra tan centrada en la persona individual.
En la liturgia católica el Día de los Difuntos tiene, sobretodo, el objetivo de orar por aquellos que aún no están del todo preparados para poder disfrutar plenamente de la Vida en Dios. Y aquí podemos preguntarnos: ¿sirve de algo rezar por los difuntos?
Bastante gente, cuando muere un familiar cercano, "le encargan misas" para ayudarle. ¿Le ayudan realmente? ¿Es posible hacer algo en favor de una persona muerta?
A menudo entendemos la muerte como un mal. Cuando muere un familiar o una persona cercana a nosotros, suele invadirnos un cierto sentimiento de culpa: no le hemos atendido suficientementeNo le hemos querido lo suficiente … No hemos hecho por él todo lo que podíamos …
Es la "revuelta de los vínculos". Por más que la cultura actual vaya diciendo y repitiendo que "cada uno es cada uno", la verdad es que sentimos nuestra vida personal vinculada con las vidas de aquellos con quienes convivimos. Cada uno de nosotros es como un nudo de una gran red. Los hilos que forman el nudo no empiezan ni terminan en nosotros. Por más que la ciencia nos asegure que cada uno tiene un ADN único y diferente, todos experimentamos que nuestra vida, nuestra manera de ser, de hacer, de responder … depende en gran parte de la vida de los demás; y la vida de los demás también depende en parte de la nuestra. La solidaridad entre las vidas no es sólo una actitud moral sino una experiencia existencial.
No existen muchas vidas sino una VIDA única, participada por todos los vivientes. "Un hombre muere en mí siempre que un hombre muere", dice una canción. Y también: un hombre nace en mí siempre que un hombre nace. Un amor me llega siempre que alguien me ama. Un impulso vital me anima siempre que alguien se regenera. Sufrimos con los que sufren. Estamos encantados con los que están contentos. "Todo el estanque ‘tiembla’ cuando en algún lugar cae una pequeña piedra".
Los seres humanos somos inteligencia y somos corazón. Son dos niveles de conocimiento. Es famosa la sentencia de un gran intelectual, Blaise Pascal: "El corazón tiene razones que la inteligencia no comprende". Ante la Muerte, la inteligencia nos impulsa a comprender, pero sin demasiado éxito. El corazón nos permite experimentar. Hay que evitar el peligro de la intelectualización; también hay que evitar el peligro del ensimismamiento en lo que experimentamos.
La muerte conlleva siempre una cierta crisis. En momentos de crisis, necesitamos usar la inteligencia porque nos ayuda a objetivarla, conceptualizar y entenderla mejor o peor. Pero también necesitamos al corazón porque nos permite vivirla para superarla.
Pienso que no sirve de nada "encargar misas por los difuntos" si son simples ritos, y no son vivencias de comunión. No sirve de nada "orar por los difuntos" si ello no conlleva una experiencia de solidaridad. Pero si la misa es hacerse alimento para los demás, en estos "otros" están incluidos también los difuntos, porque ellos no forman un mundo aparte.
Hay un misterio de comunión entre todos los vivientes que hace que nada sea indiferente para el resto. Cualquier bien hace bien a todos; cualquier mal hace daño a todos.
Cada Cultura y cada Religión tiene su lenguaje (ritos, fiestas, celebraciones, oraciones …) para expresar y vivir esta solidaridad. Lo que importa es que no sea un lenguaje vacío.
Con todo, hay que reconocer que a menudo es difícil no mezclar en un mismo lenguaje solidaridad y ritualización.
La ritualización, o magia, es pensar que los ritos son eficaces por su propia fuerza, como si hubiera en ellos o en la persona que los realiza, alguna clase de poder sobrenatural.
Por eso el lenguaje es algo que hay que ir purificado constantemente.
MENSAJE
La Fiesta de los Difuntos contiene un mensaje diferente según la situación de cada persona. Las personas muy queridas, cuando mueren se llevan con ellas una buena parte de nuestra vida, y eso hace que nuestros vínculos con ellas se hagan mucho más intensos. Sentimos con fuerza su nueva presencia. No se trata sólo de un recuerdo sino de una verdadera presencia, íntima, profunda y pacificadora. Su paz se nos contagia. En estos casos la experiencia de la muerte ayuda a entender la Vida, ya que, como se dice a menudo, la muerte es ley de vida.
Podríamos decir que el mensaje del Día de los difuntos es una invitación a creer en la Vida.
RESPUESTA
Estamos en una sociedad muy "vitalista", pero que cree más en la Muerte que en la Vida, al menos intelectualmente. La vida es considerada por muchos como una simple aventura, aparecida por casualidad; un capricho de la naturaleza, sin otro horizonte que ser engullida por la Muerte.
Y sin embargo, la fe en la Vida es el tuétano del mensaje cristiano. Y, seguramente, una sociedad laica como la nuestra, el servicio que más necesita es encontrarse con testimonios de "el éxito de la vida".
En otros tiempos, cuando la sociedad era religiosa, a la Religión se le encomendaban muchas cosas que hoy ha asumido la propia sociedad civil, como, por ejemplo, la promoción y defensa de la Moral. Esto nos permite, como Iglesia, dedicarnos de lleno a aquella que es nuestra misión específica: predicar y celebrar la VIDA, para que todo aquel que lo desee "tenga vida, y tenga en abundancia" (Juan 10,10).
PREGUNTAS para el diálogo.
  1. ¿Qué signos o manifestaciones vemos en nuestra sociedad actual, de "fe en la Muerte" y de "fe en la Vida"?
  2. Pensando en nosotros mismos: en relación con las personas que realmente hemos querido, la muerte, ¿nos las hace más cercanas o más lejanas? ¿Las sentimos más ausentes o más presentes?
  3. Los ritos, oraciones, costumbres … de la Iglesia con motivo de una defunción, ¿os parecen adecuados, y coherentes con el Evangelio?
Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)