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martes, 5 de noviembre de 2013

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO XXXII DE ORDINARIO. CICLO C.

DOMINGO XXXII DE ORDINARIO
Por cerezo Barredo. Ciclo C.
PROYECTO DE HOMILÍA. 

El camino de Jesús ya ha llegado a Jerusalén.
El evangelista nos ha presentado el relato simbólico de su entrada triunfal (como leíamos el Domingo de Ramos). Jesús se ha dirigido directamente al templo para "purificarlo". Esta era una de las tareas que, según las profecías, señalaban la llegada del Mesías.
Pero del templo se habían hecho dueños los poderosos de turno, y estos defenderán su "propiedad" con todas las fuerzas. Inútilmente, porque la purificación que realiza Jesús consiste en sustituir los templos de piedras por el auténtico y definitivo "templo" donde Dios quiere ser adorado: cada ser humano.
Lucas sitúa los diferentes relatos de enfrentamiento dentro una larga inclusión repitiendo la misma frase al comienzo y al final de estos relatos: "Los grandes sacerdotes, los maestros de la Ley y los principales del pueblo buscaban de hacerle morir, pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo estaba pendiente de él y le escuchaba" (Lucas 19, 47 – Lucas 22, 2). Así, pues, toda la actividad de Jesús en Jerusalén está situada en el horizonte de su muerte. Esta actividad está dividida en dos partes. En la primera, son los representantes del templo quienes atacan, buscando comprometer a Jesús para desprestigiarle ante el pueblo. En la segunda, es el propio Jesús quien ataca, poniendo en evidencia la incoherencia y la malicia de los dirigentes del pueblo.
El relato que hemos leído hoy marca el final de la primera parte: las insidias de los dirigentes. No es casual que, en el horizonte de la muerte de Jesús, Lucas nos presente la cuestión de la resurrección.
Lucas se sirve de la pregunta capciosa de los Saduceos para colocar en boca de Jesús la enseñanza central de su mensaje: la resurrección. Lucas elabora la respuesta de Jesús no tanto pensando en los Saduceos como en las comunidades cristianas, las cuales experimentaban en su propia piel la persecución y la muerte violenta, continuación de las de Jesús.
Había siete hermanos…
Cuando Lucas escribe su Evangelio, los Saduceos ya no existen. En el año 70 de nuestra era los ejercitos romanos habían destruido Jerusalén y su templo. Esto comportó la desaparición de los Saduceos, sacerdotes descendientes del Gran Sacerdote Sadoc, y gente importante. Lucas se sirve de estos personajes y de sus argumentos para poner de relieve, y por contraste, el mensaje de la resurrección.
El argumento de los Saduceos para negar la resurrección era claro y popular. Lucas lo redacta de tal manera que nos recuerde desde el primer momento otro relato que se había hecho muy popular: el martirio heroico de los "siete hermanos" que no dudaron en morir manifestando explícitamente su fe en la resurrección (1ª Lectura) .
El objetivo primero del apareamiento entre el hombre y la mujer, en el Judaísmo, era mantener la vida a través de los hijos. Tener hijos significaba perdurar; no tener hijos significaba desaparecer del todo al momento de la muerte. De ahí venía la norma que dio Moisés: Si un hombre muere sin hijos, el hermano que le sigue debe casarse con la viuda, y el primer hijo que venga debe considerarse legalmente hijo del hermano difunto.
"Había siete hermanos… ¿De quién será la esposa?". La pregunta es ingeniosa, pero no tiene sentido porque aplica al mundo futuro las mismas condiciones del mundo presente.
El mundo futuro…
Lucas mide bien las palabras que hace decir a Jesús. En un primer momento, Jesús no habla de dos mundos, sino de personas "halladas dignas de tener un lugar en el mundo que vendrá y en la resurrección de los muertos". El mundo que vendrá y la resurrección son fruto de la manera de vivir en este mundo.
El mundo que vendrá y la resurrección ya han sido inaugurados en la muerte resurrecciosa de Jesús, el primogénito de la nueva creación. Y los que se asocian a su muerte también quedan asociados a su resurrección. No se puede hablar de dos mundos independientes, uno después del otro, sino de un solo mundo en el que estamos todos, y que podemos ir transformando en un mundo que vendrá; como el músico transforma el ruido en sinfonía, o como el pintor transforma los colores en una obra de arte. Así también se puede decir que quien ama transforma la vida–obtenida–temporal (mundo presente) en Vida–entregada–eterna (mundo que vendrá).
La vida–obtenida se puede mantener temporalmente teniendo hijos. En cambio la Vida–entregada se mantiene para siempre porque está conectada directamente a la Fuente de la Vida. "Son iguales que los ángeles y son hijos de Dios".
No obstante, una vez nos ha dicho esto, el evangelista piensa que una resurrección así podría parecer reservada sólo a algunas personas: aquellas que "son halladas dignas". Por eso quiere ensanchar la resurrección sirviéndose de los "escritos" del propio Moisés (los únicos que los Saduceos aceptaban como revelados). A Moisés, Dios se le presentó como "el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob". Como Dios no es Dios de muertos sino de vivos, podemos deducir que, para Dios, Abraham, Isaac y Jacob están vivos. El argumento manifiesta la incongruencia de creer en Dios y, en cambio, no creer en la resurrección, como hacían los Saduceos.
MENSAJE. 
La muerte–resurrecciosa de Jesús inaugura "el mundo que ha de venir", poniendo de manifiesto que Dios no es Dios de muertos, precisamente porque Él es Fuente de Vida.
RESPUESTA. 
Si creemos en Dios, lo más normal es creer también en la resurrección. La dificultad suele venir en la manera de imaginarla. Imaginamos la muerte como un paso en falso en el camino de la vida, y luego imaginamos la resurrección como un paso atrás para volver a la vida de antes. Pero nos damos cuenta de que las cosas no funcionan así, ni pueden funcionar así.
La resurrección no es volver a la vida sino una nueva forma de vivir que empieza ya antes de la muerte. Es pasar de la vida–obtenida a la vida–que–se–entrega, convirtiendo la muerte en la plenitud de la donación. Como el grano de trigo que, en la espiga, es vida–obtenida, pero, hecho pan sobre la mesa, es vida–que–se–entrega.
PREGUNTAS para el diálogo. 
  1. Buscad, en la naturaleza o en algunos objetos, ejemplos de cosas que "viven entregándose".
  2. En nuestro tiempo de explosión demográfica, ver el matrimonio en función de la procreación, sería un anacronismo. ¿Qué otros significados, quizá más importantes, puede tener hoy en día el matrimonio?

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)