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miércoles, 15 de enero de 2014

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO II DE ORDINARIO. CICLO A.

Domingo II de Ordinario.
Ciclo A
Por cerezo Barredo
http://servicioskoinonia.org/cerezo/
PROYECTO DE HOMILÍA. 

Antes de empezar la primera serie de domingos del tiempo ordinario con la lectura continua del Evangelio de Mateo (Año A), el Misal intercala un fragmento del Evangelio de Juan. Recordemos que el Cuarto Evangelio no tiene año propio porque es demasiado diferente de los otros tres, llamados Sinópticos.
El Cuarto Evangelio, como los Sinópticos, sitúa el comienzo de la vida pública de Jesús en el testimonio de Juan Bautista, pero, a diferencia de los Sinópticos, no establece ningún contacto directo entre Juan y Jesús. Es su forma de expresar lo mismo que ya vimos en el evangelio de Mateo: el contraste, dentro de la continuidad, entre el Precursor y Jesús.
En el fragmento que hemos leído destaca el verbo "ver". Se repite cuatro veces, siempre referidas a Juan Bautista. Así, según el Cuarto Evangelio, el Bautista es también el "vidente". Pero no ve por ver, sino para mostrar a Jesús. Por eso su primera palabra sobre Jesús es "Mirad …".
Mirad el Cordero de Dios …
El Cuarto Evangelio fue escrito en los inicios del siglo segundo, cuando las comunidades cristianas ya habían alcanzado una cierta consolidación y habían ido creando un lenguaje propio para expresar y celebrar su fe. Presentar a Jesús como el Cordero de Dios supone haber entendido ya y asumido el significado de su muerte resurrecciosa.
Pero no hay que entender esta expresión "Cordero de Dios" en un sentido expiatorio, como si Jesús hubiera "cargado" con los pecados del mundo para expiarlos ante Dios. La traducción que nos ofrece el Misal es muy ambigua, y se presta a esta mala interpretación (recordemos que el autor usa el Misal Catalán como referencia). Entender a Jesús de esta manera le convertiría en un testigo de la severidad de Dios, y no de su Amor.
La expresión "Cordero de Dios", en el evangelio de Juan, se debe entender en el sentido del Cordero pascual. La Pascua no es un "chivo expiatorio" sino el cordero que se hace alimento para un pueblo que ha aceptado caminar hacia la Libertad.
Jesús no se "carga" con el pecado del mundo sino que lo "quita". Quita el pecado porque ha recibido la plenitud del Espíritu. Pecado y Espíritu se contraponen como la Oscuridad y la Luz. Así como la simple presencia de la Luz quita la oscuridad, también la simple presencia del Espíritu quita el pecado. Jesús es el primogénito de la Humanidad adulta porque tiene la plenitud del Espíritu. Esta plenitud no es un privilegio personal. Él no tiene el Espíritu para quedárselo en exclusiva sino para darlo. Es él quien bautiza con el Espíritu.
El Espíritu es el Amor. Y la naturaleza del Amor es darse. Por eso aquellos que reciben el Espíritu, lo reciben para darlo, y así quitar el pecado. El testimonio de Juan al comienzo del Cuarto Evangelio forma una inclusión con las palabras de Jesús al final: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedaran perdonados; a quien se los desactivéis, les quedarán desactivados”  (Juan 20,23. Traducción corregida). (Ver los Apuntes del segundo Domingo de Pascua. Año B).
Yo no sabía quién era …
Es sorprendente esta declaración repetida que el evangelista pone en boca del Bautista. Contiene un mensaje extraordinariamente profundo, a menudo olvidado. Jesús no tiene rasgos humanos especiales que le identifiquen. De entrada es "desconocido". Especialmente después de su muerte, el Resucitado se presenta en forma de "desconocido" (Lucas 24,16. Joan 21,4). Para reconocerlo hay que practicar la acogida hacia los desconocidos.
En el relato de hoy, Juan Bautista afirma y repite: "Yo no sabía quién era". Literalmente: "yo tampoco sabía quién era". Este "tampoco" hace referencia al profeta Samuel que había recibido el encargo de ungir (mesías = ungido) como rey de Israel a uno de los hijos de Jesé, pero no sabía qué era. Desfilaron todos los hermanos ante el profeta, pero no encontraba al elegido. Por eso Samuel tuvo que preguntar: ¿No hay más hermanos? Entonces le hablaron del más pequeño, que estaba conduciendo al ganado a pastar. Y resulta que precisamente él, David, era el elegido (1 Samuel 16, 1–13). El mismo relato dice: "Desde aquel día el espíritu del Señor se apoderó de David". David fue "el ungido" por antonomasia. Por eso de Jesús se dirá que es hijo de David.
Como Samuel, también Juan fue enviado para identificar al que había de bautizar con el Espíritu Santo. "… Vine a bautizar con agua para que él se manifestara a Israel". "Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.’”. Según esto, la "misión" del Bautista no es bautizar sino, practicando un bautizo de agua, descubrir y señalar a aquel que bautiza con el Espíritu.
Este es el Hijo de Dios.
La expresión es fuerte, pero no hay que entenderla ni en un sentido mitológico ni en un sentido puramente individual. Los dioses de la mitología son versiones agrandadas de sentimientos, pasiones y capacidades humanas. Ellos, como nosotros, tienen hijos, y esposas, y celos y amor o rencor. Pero el Dios del Evangelio "no le ha visto nadie", ni nos podemos hacer ninguna imagen.
Es la convivencia lo que nos permite hacer de la realidad humana una vivencia de comunión. Cada presencia humana es una invitación a hacer en nosotros un "hueco" para acogerla. La presencia acogida rompe nuestros "límites" y nos hace sentir conectados. Como dice un verso extraordinariamente sugerente de David Jou, en su “Cant espiritual”, "Limito contigo, y no acabo en ninguna parte". Cada tú, cuando nos abrimos, se nos convierte en TÚ.
Hijo de Dios quiere decir que, en Jesús, la Humanidad se siente inundada por la Vida; una Vida que "vivE" derramándose hacia afuera, como tan materialmente se expresa en el pan y el vino puestos sobre la mesa. Es la "vida" del alimento, la cual es visible en la vitalidad de los que comen de él.
MENSAJE. 
"Yo no sabía quién era". En el ámbito de la Iglesia, quienes tienen encomendado un servicio concreto son bien conocidos: curas, obispos, papas, … Pero aquel a través del cual puede llegar el Espíritu no es conocido de antemano, y puede ser cualquier persona, sea cual sea la valoración que de ella haga la sociedad o la propia Iglesia: un pobre o un rico, un sabio o un ignorante, un niño o un adulto, un débil o un fuerte, un religioso o un ateo; … El Espíritu es imprevisible cuando funcionamos con criterios sociales.
RESPUESTA. 
Estar atentos para saber ver y aceptar a aquel sobre quien va bajando el Espíritu.
¿Como se hace eso? Cada uno se va entrenando. La experiencia nos dice que, si tenemos buena voluntad, nuestro "nariz" se va afinando progresivamente para descubrir la presencia activa del Espíritu en las personas. Confianza en las capacidades recibidas, junto con la humildad para corregirnos, si intuimos que nos hemos equivocado.
PREGUNTAS para el diálogo. 
¿Creéis posible que la llamada falta de vocaciones sacerdotales sea una gran oportunidad para la renovación de nuestras iglesias y de nuestra Iglesia?
Repasando vuestra vida, ¿encontráis personas concretas que han sido para vosotros vehículos del Espíritu?
¿Qué querrá decir la expresión de Juan "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo"? ¿Tras y delante tienen un significado cronológico o geográfico o se refieren a la misión de cada uno?

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)