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martes, 11 de noviembre de 2014

REFLEXIONES DOMINICALES. DOMINGO XXXIII DE ORDINARIO. CICLO A.

DOMINGO XXXIII DE ORDINARIO
Por cerezo Barredo. Ciclo A.
PROYECTO DE HOMILÍA.

Estamos llegando al final del Año Litúrgico.
El Evangelio de Mateo nos ha ido presentando el "camino de la Vida" a través del "camino de Jesús". El Nazareno, que había comenzado su camino en Belén (una manera de indicar que su camino conecta con toda la Historia anterior, y la continua), al final ha llegado a Jerusalén, la ciudad donde la alianza de Dios con Israel había sido secuestrada por los grandes sacerdotes y ancianos del pueblo. Jesús ha denunciado esta situación, se ha enfrentado a las autoridades y ha reconstituido el "pueblo elegido", personificado primero en los "12" apóstoles, y después en los "hermanos".
Después de que las autoridades ya hayan decidido matar a Jesús, Mateo pone su boca un largo discurso, llamado discurso escatológico porque habla del fin de los tiempos, o mejor, el final del camino (eskhatos = final).
Es el quinto y último de los grandes "discursos" que articulan el evangelio de Mateo, en paralelismo con el 5 libros de la Ley de Moisés ("Pentateuco").
En el quinto libro del Pentateuco, (el Deuteronomio, que significa "segunda ley") Moisés, antes de morir, se despide de su pueblo dándoles las últimas instrucciones para la nueva etapa que comenzarán al entrar en la Tierra Prometida.
También Jesús, Nuevo Moisés en el lenguaje de Mateo, se dirige a los discípulos. No se despide, pero, antes de morir, les cuenta la nueva situación en que se encontrarán y qué actitudes deben tener.
En la parábola de hoy (que forma parte del Discurso escatológico) Jesús les habla de un hombre que hizo un largo viaje: clara referencia a su muerte y a la ausencia que experimentarán los discípulos antes que regrese.
Este largo discurso termina presentándonos el "juicio final" presidido por el Hijo del Hombre. (Lo leeremos el próximo domingo, y marcará el cierre del actual año litúrgico).
Todo el discurso escatológico, Mateo lo sitúa como respuesta a una pregunta de los discípulos a Jesús. Los discípulos le muestran la "maravilla" de las construcciones del templo vistas desde el Monte de los Olivos. Jesús les advierte que de todo aquello no quedará piedra sobre piedra (Mateo 24,2). Es entonces cuando los discípulos le preguntan: ¿cuando pasará esto y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?
Los discípulos, como la mayoría de los judíos, consideran que serán simultáneos los tres eventos: la destrucción del templo, la venida definitiva del Mesías y el fin del mundo.
Mateo sitúa el discurso escatológico como respuesta a esta pregunta. No hay que perder esto de vista.
Las distintas secciones de este largo discurso están centradas en un personaje que llega: el Hijo del Hombre, que a veces es llamado "el esposo" o "el propietario".
En el evangelio de hoy se trata de un "hombre" que se va para hacer un largo viaje (alusión, como ya he dicho, a la muerte de Jesús, experimentada por los discípulos como "ausencia"). Por eso confía sus bienes a sus siervos (discípulos), a cada uno según su capacidad.
Cuando regresa, después de mucho tiempo, les pide cuentas, y se muestra muy generoso con los sirvientes que han hecho rendir los talentos que habían recibido. El evangelio habla de "talentos", una medida de peso correspondiente a unos veinticinco quilos de plata. El misal catalán ha traducido "talento" por "millón". Quizás en este caso hubiera sido mejor mantener la palabra talento, dado su significado simbólico.
La generosidad del amo se manifiesta no sólo porque aumenta los bienes confiados a los sirvientes buenos sino, y sobre todo, porque les invita a participar de su propia vida: "Entra a celebrarlo con tu Señor". Literalmente: "Entra en el gozo de tu Señor". ¡No podrían recibir una recompensa mayor!
Pero sorprende la dureza con el siervo malo y perezoso. Como en el caso de las cinco chicas que no habían tomado aceite para sus lámparas (domingo pasado), este siervo perezoso es arrojado afuera, a las tinieblas.
¿No es demasiado dura la reacción de este "amo", que representa a Dios?
El sirviente perezoso, en realidad no ha hecho ningún mal; sólo ha sido perezoso y cobarde…
Como ya comentaba el pasado domingo, "estar fuera, en la oscuridad", no es ningún castigo sobreañadido; es simplemente la vertiente negativa de no haber aceptado el don. Si cerramos los ojos para no recibir luz, nos quedamos a oscuras. No es un castigo; es sólo la consecuencia de cerrar los ojos, ya que los ojos humanos, para ver, tienen que estar abiertos; y eso depende de nosotros.
Pero, además: ¿qué quiere decir en este caso ser un buen sirviente? ¿Qué quiere decir administrar bien los "talentos" recibidos?
Aunque esto depende de los dones que cada uno ha recibido, en definitiva el buen servicio se reduce a esto: "tenía hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…". Por el contrario, el mal servicio se reduce a esto: "tenía hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…" (como leeremos el próximo domingo).
En realidad los "talentos recibidos" consisten en un "corazón con capacidad de amar".
Los humanos hemos recibido un corazón para amar. Si amamos, habremos sido buenos administradores y seremos invitados a participar en el gozo de Dios; si no amamos, el corazón recibido queda malogrado, y vale más "darlo" a quien quiera usarlo. "Quitadle este millón y dadlo al que tiene diez, porque a los que tienen, les daré aún más y tendrán a rebosar, pero a los que no tienen, les tomaré hasta lo que les queda".
MENSAJE
Los "talentos" recibidos son para hacerlos fructificar. En el evangelio de Juan se expresa esto mismo con otra comparación: "Los sarmientos que no dan fruto, los corta, pero los que dan fruto, los limpia para que den más" (Juan 15,2).
En realidad, esto de "dar fruto" no es un trabajo añadido a la vida, sino que es el sentido de la vida; la forma de vivirla; o mejor, la forma de convivirla.
RESPUESTA
En nuestra sociedad no está de moda preguntarse sobre el sentido de la vida. En cambio se ha puesto de moda una especie de "vitalismo puro", como si vivir fuera sólo "vivir".
Teóricamente esto (vivir es "vivir") puede parecer muy correcto, pero en la práctica no funciona.
En la práctica, el ser humano experimenta que vivir significa vivir para; y vivir para comporta dar sentido a nuestra vida.
De hecho, también aquellos que sólo intentan "vivir", en la práctica viven para divertirse, para pasarlo bien, …
Es cierto: todos deseamos el placer y la felicidad. Pero el placer y la felicidad no son realidades objetivas que se pueden conseguir buscándolas directamente. El placer y la felicidad son realidades subjetivas, que experimentamos como resultado o fruto de otra cosa.
Hay un primer nivel de placer (que compartimos con los animales) que es el resultado de satisfacer las necesidades, físicas o psíquicas. Comer es placentero cuando tenemos hambre; pero nos repugna cuando estamos hartos. Un baño de agua fresca nos viene muy bien cuando estamos acalorados; pero no nos gusta si tenemos frío. También nos da placer la compañía de un ser querido cuando nos sentimos solos; o el placer de aprender cuando nos sentimos ignorantes.
También hay un segundo nivel de placer o de felicidad, específicamente humano, que no depende de nuestras necesidades sino que corresponde al desarrollo y ejercicio de nuestras capacidades.
Tenemos la maravillosa capacidad de amar. Cuando nos encontramos con los demás, si les atendemos, si les tenemos en cuenta, si hacemos de nuestra vida una respuesta a su presencia (diálogo), experimentaremos otra clase de felicidad que nos llega como un don de la persona o de las personas presentes, y como fruto de nuestra respuesta generosa a su presencia.
No hay posibilidad de trampa. Si alguien se decía: "Seré generoso con los demás porque así seré feliz", este fin, en realidad, no sería generoso sino que utilizaría a los demás para ser feliz. Por tanto, no podría disfrutar nunca de la felicidad que nace de la generosidad.
Esta felicidad nos prepara para participar en la felicidad de Dios mismo. Por eso cuando el evangelio dice "Entra en el gozo de tu Señor", no es una expresión metafórica sino real.
Así pues, administrar bien los "talentos recibidos" significa estar atentos a los demás y conducirnos con generosidad hacia ellos.
La 1ª Lectura nos presenta a la buena esposa como ejemplo de una vida llena de frutos. Es de justicia reconocer la ganancia extraordinaria que para la Vida Humana ha comportado la ejemplar generosidad de la mujer. Con todo, hay que superar el esquema machista que aún presenta esta Lectura (de más de 2500 años de antigüedad). Hoy todavía, a menudo se considera que la igualdad entre mujer y hombre conlleva que las mujeres sean como los hombres. No obstante, son muchos los campos en los que la igualdad se debería hacer a la inversa, siendo los hombres como las mujeres. La generosidad es uno de esos campos.
PREGUNTAS para el diálogo.
  1. Seguro que habréis experimentado la felicidad de la generosidad. Tratad de recordar algún momento especial y, si lo consideráis oportuno, compartidlo con el resto del grupo.
  2. Lo contrario de la convivencia generosa es el ensimismamiento en el propio YO. Lo contrario de la comunión es la soledad. Pero no es lo mismo "estar solo" que "sentirse solo". Comentad las diferencias, sobre todo en relación al gozo de la comunión.
  3. El encuentro de la comunidad es una cata avanzada del gozo del Señor, que nos llega como un don recibido de los demás. ¿Sentimos agradecimiento hacia los demás por este don recibido? ("Eucaristía" significa "Acción de gracias").

Por el Padre Pere Torras
Rector de la Parroquia de Sant Joan de Vilartagues
Sant Feliu de Guíxols (Girona)